18 de Marzo de 2016.
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Y sin darme cuenta había llegado otra vez la Semana Santa,
esos días festivos tan importantes para casi todo el mundo. Sí, creo que es así
para la gran mayoría, pues si no lo son por el fervor religioso, a quien no se
le pone una sonrisa en la cara cuando se juntan unas cuantas jornadas de
descanso para olvidarte de las obligaciones laborales y hacer lo que te venga
en gana, cambiando de aires y descansando de una manera o de otra.
En esta ocasión me salía del guión que había estado
siguiendo varios años atrás. Por un lado me cogía toda la semana de vacaciones
y no me ceñía sólo a los cuatro días festivos de siempre y por otro dejaba
descansar a la vieja Europa, al menos de momento, marchándome a conocer otro
mundo completamente distinto.
Es cierto que me apetecía hacer algo diferente, algo que se
saliera de conocer ciudades monumentales con grandes catedrales, monasterios e
importantes edificios públicos o bonitos pueblos sacados del mejor de los
cuentos. Quería dejar a un lado la refinada educación europea y sus costumbres para
volver a sentir una nueva cultura, como ya lo había hecho, unos meses atrás, en
el lejano oriente.
Si a todo lo anterior le sumamos que este año la Semana
Santa caía demasiado temprano y era bastante probable que no hiciera el mejor
tiempo en la gran mayoría de otros destinos apetecibles y que me apetecía mucho
probarme viajando en solitario al único continente que me faltaba por hacerlo de
esta manera, pues casi que, por descarte, Marruecos era el país perfecto para
cumplir todas los requisitos anteriores.
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