Mientras disfrutaba del desayuno, que estaba incluido en el
precio de la habitación, me entretendría leyendo unas ideas generales sobre la
compleja y sufrida historia eslovaca, la cual no se puede decir que haya sido
un camino de rosas, sino más bien todo lo contrario, un compendio de
dificultades del que han sabido sobreponerse una vez tras otra.
Sin entrar en tiempos más remotos, y partiendo del imperio
austro – húngaro, el cual aglutinaba más de 14 nacionalidades y se extendía por
un territorio vastísimo desde el mar Adriático hasta más allá de los Cárpatos,
hay que tener en cuenta que al finalizar la Primera Guerra Mundial, dicha
contienda supuso la defunción de este imperio y el nacimiento de naciones nuevas,
siendo una de ellas la República Checoslovaca.
Durante veinte años, checos y eslovacos construyeron su
porvenir conjunto, hasta que en septiembre de 1938 la Alemania dirigida por
Hitler decidió anexionarse las regiones checas conocidas como los Sudetes,
donde vivían tres millones de alemanes. Hungría hacía lo propio en las regiones
del sur de Eslovaquia en noviembre de 1938, anexionando un territorio poblado
por casi un millón de húngaros. En marzo de 1939, Chequia era ocupada
completamente por los alemanes, mientras que en Bratislava se proclamaba la
República Eslovaca soberana, configurándose un gobierno títere a voluntad de la
Alemania fascista. No sería hasta agosto de 1944 cuando se produciría el
levantamiento nacional y debería esperarse hasta abril de 1945 para ver como
los soviéticos liberaban definitivamente Bratislava y, por consiguiente, todo
el territorio.
Durante más de cuarenta años la sociedad checoslovaca
tendría que sufrir un sistema opresor comunista, ocupada y dirigida por la
URSS, hasta que durante los años ochenta, a partir del liderazgo de Mijail Gorbachov y gracias a las ansias de
libertad de todos los estratos de la sociedad se empezaron a producir
importantes cambios políticos que culminarían con la famosa “Revolución de
Terciopelo”, calificada así por el nulo derramamiento de sangre que hubo
durante su estallido, y que llevó a un nuevo presidente de la República
Checoslovaca.
En junio de 1992 se celebrarían las primeras elecciones
libres y democráticas en Chequia y Eslovaquia y en poco tiempo se evidenció la
incompatibilidad de entendimiento entre ambos líderes, por lo que en los meses
posteriores se fue preparando el camino hacia la disolución definitiva de
Checoslovaquia, con toda la sociedad como espectadora. Y, efectivamente, el 1
de enero de 1993, ambas repúblicas aparecieron en el escenario internacional
como nuevos estados soberanos.
Y tras conocer un poco más de su historia, ahora sí, que
comenzaba la jornada turística, iniciándola con la propia ciudad que me había
acogido durante la noche:
BANSKÁ STIAVNICA
Dado que de su centro histórico sólo me separaba un cuarto
de hora caminando, llegaría de esta manera al mismo, dejando el coche en mi
alojamiento y no complicándome la vida con el tema del aparcamiento en esa
zona.
Banska Stiavnica fue la primera población eslovaca en ser
declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 1993. La llamada “Ciudad
Plateada” parece detenida en el tiempo sobre un enclave sorprendente entre
colinas cubiertas por densos bosques.
Su existencia se conoce desde el año 1075 gracias al
descubrimiento de grandes vetas de oro y plata, cuya explotación sería
desarrollada por los máximos especialistas en la materia, los mineros alemanes
que durante siglos utilizarían técnicas innovadoras cada vez más sofisticadas.
En 1238, la población se ganó el reconocimiento como ciudad real libre, y desde
entonces la construcción de las primeras iglesias y palacios burgueses marcaron
el perfil urbano, encajado sobre los desniveles montañosos.
En 1627, los mineros locales fueron los primeros en todo el mundo en utilizar la pólvora.
Fruto de las intensas explotaciones, en 1740 la ciudad consiguió extraer
cantidades históricas de metales preciosos. En el siglo XX se produjo un
progresivo desmantelamiento de las actividades mineras hasta el cierre de la
última mina en 2001.
No me andaría por las ramas y tras ascender la empinada calle Kammerhofska, flanqueada por hermosos
y coloridos palacetes, pertenecientes algunos de ellos a familias nobles y
adineradas de la época, comenzaría visitando su lugar más céntrico e
importante: la plaza de la Santísima
trinidad (Trojicne namestie), la cual toma su nombre de la columna de la peste de 1764 situada en
el centro y que fue erigida en agradecimiento por extinguirse esta enfermedad
que llegó a terminar con la mitad de la población. Alrededor de la columna, el
trazado de la plaza está definido por viviendas de los siglos XVI y XVII, construidas
en estilo renacentista y gótico flamígero.
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| Plaza Trojicne Namestie. Banská Stiavnica |