CAMBRIDGE - DIA 01. Llegada y primera jornada en la ciudad de los Nobel

7 de Marzo de 2026.

Como comentaba en mi anterior escapada por Inglaterra, en agosto de 2025, en apenas dos años había tenido la fortuna de conocer un buen puñado de lugares emblemáticos del país. Aquel viaje me llevó, ni más ni menos, que a Bristol, Bath y Oxford. Disfruté muchísimo de las tres ciudades, aunque fue Oxford la que me atrapó de verdad, dejándome con unas ganas enormes de conocer a su hermana gemela, Cambridge.

Y parece que esa sensación no cayó en saco roto, porque por una auténtica carambola del destino acabaría llegando, casi por arte de magia, justo allí.

El caso es que, como suele ser habitual en mí, me pondría a buscar algún vuelo barato de fin de semana que me quitara el mono viajero antes de Semana Santa, marcándome como tope de presupuesto los cien euros. Nada de lo que las compañías aéreas me ofrecían resultaba lo suficientemente apetecible, y lo que sí me gustaba excedía en cincuenta euros o más dicho presupuesto, hasta que de repente encontré un vuelo al aeropuerto de Stansted, en Londres, por justo ese precio, saliendo el viernes por la tarde y regresando el domingo a última hora; vamos, que ni en España ya.

Tengo que reconocer que no tenía ni idea de dónde estaba situado dicho aeropuerto. Pensaba que podía quedar a una distancia similar a la de otros grandes y famosos aeropuertos como Gatwick o Heathrow, por lo que lo compré pensando en pasar un fin de semana en Londres, disfrutando de su enorme propuesta cultural, o desplazarme a los alrededores y visitar algún que otro lugar emblemático que tenía pendiente.

Pero cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que Stansted queda nada más y nada menos que a 65 km del centro de Londres, por lo que, dado que ya había estado tres veces en la ciudad, me puse a buscar qué podía haber de interés cerca de dicho aeropuerto, descubriendo muy gratamente que a solo media hora en tren y a 45 km en coche se encontraba Cambridge.

Así que, solo seis meses después de Oxford, iba a poder conocer Cambridge, la otra gran ciudad universitaria inglesa.

Elegiría quedarme todo el fin de semana en Cambridge, ya que en Oxford, aunque pude visitar todos sus lugares emblemáticos, me quedé con ganas de más. La experiencia había sido muy buena, pero sentí que la ciudad daba para más tiempo, así que no quería que en esta ocasión el viaje se quedara corto. Por ese motivo decidí centrarme únicamente en Cambridge y dedicarle los dos días completos.

Mi vuelo despegaría puntual a las 20:25 con Ryanair, aterrizando en Stansted a las 22:00, hora inglesa. Una vez fuera de la zona restringida, el proceso no podía ser más sencillo: bastaba con seguir los carteles del aeropuerto que indican Trains, ya que la estación está justo debajo de la terminal, a escasos minutos caminando.

Tomaría el tren en el andén 2 de la estación del aeropuerto. El billete lo había comprado previamente a través de la web oficial de la compañía, https://www.greateranglia.co.uk/tickets-fares, algo que resulta bastante cómodo y que además no tiene gastos de gestión. Para quien prefiera hacerlo allí mismo, también existen máquinas automáticas en la estación donde se pueden adquirir los billetes sin problema. El precio del trayecto de ida y vuelta sería de 20 libras.

Eran casi las 23:00 cuando me apeaba, por lo que a esas horas ya no había autobuses, así que me tocó hacer caminando el trayecto hasta mi hotel, lo que me llevaría unos veinte minutos. Había elegido una habitación en Parkview Guesthouse, una casa particular con ambiente tranquilo situada en 116 Vinery Road, en una zona residencial de Cambridge.

Parkview Guesthouse

Como decía no era un hotel enorme, sino una guesthouse familiar, sencilla pero cómoda: wifi gratuito, baño privado en la habitación, y todo lo necesario para relajarte después de un día de viaje. La casa está en una zona tranquila, junto a un parque, y desde allí se puede llegar caminando al centro de Cambridge en unos 35 minutos, aunque también hay buses cercanos si prefieres no andar.

No era lujosa, pero sí acogedora, limpia y con un trato amable por parte de sus dueños, justo lo que buscaba para tener el fin de semana perfecto. Tras acomodarme, cenaría el sándwich que traía de Madrid y me iría a dormir, amaneciendo bastante descansado para empezar a disfrutar de la emblemática ciudad inglesa.

Parkview Guesthouse

A la mañana siguiente compraría algo sencillo para desayunar en un supermercado cercano y lo tomaría tranquilamente sentado en un banco de un parque. El día estaba simplemente nublado, pero no llovía ni hacía frío, así que resultaba un buen lugar para empezar la jornada antes de dirigirme hacia el centro de la ciudad.

Eterna rival de Oxford, Cambridge atesora en sus monumentales colleges el legado de centurias de sabiduría, sin renunciar a los frescos aires de modernidad que le otorgan una población joven y una vibrante actividad cultural. Esta ciudad, que concentra junto a su vecina Oxford la esencia de la Inglaterra universitaria, debe también su nombre al río que la atraviesa: el Cam, y al puente que une sus dos orillas. Un puente que sirve tanto para mirar al pasado —urbanísticamente definido por los añejos edificios de sus colleges— como para cruzar el ámbito del intelecto, ya que su universidad es, de manera incuestionable, un punto de referencia para la ciencia y la cultura.

El Cam, articula su fisionomía urbana. La imagen de los populares punts, esa especie de góndolas británicas que se deslizan por las tranquilas aguas del río, es una de las instantáneas más famosas de la ciudad. La escena se completa con la presencia de amplias alfombras de césped extendidas al pie de los edificios universitarios, y algún que otro solitario sauce llorón que dulcifica el paisaje.

La ciudad mantiene indemne su legado que se remonta a la fundación, en 1209, de un Studium sobre un antiguo asentamiento romano, aprovechando la previa existencia en la zona de diversas abadías y prioratos. La iniciativa, debida al monarca Enrique II, fue el disparo que dio principio a la carrera de Cambridge hacia su condición de centro universitario. La cumbre la alcanzaría en el año 1510, con la llegada de Erasmo de Rotterdam. Desde entonces las aulas de los colleges han albergado a personalidades tan ilustres como el político William Pitt, los poetas Milton, Wordsworth y Byron, los científicos Newton y Darwin, y más recientemente, Stephen Hawking, el filósofo Bertrand Russell… La nómina podría triplicarse, pero valga como muestra del magnífico nivel intelectual mantenido por la ciudad desde el siglo XV hasta nuestros días.

Pero dejo ya de irme por las ramas y paso a contar cómo fue mi primer día en Cambridge.

ST JOHN´S COLLEGE

Serían alrededor de las 08:30 de la mañana cuando, tras un paseo de algo más de media hora desde la guesthouse, llegaba a las inmediaciones de St John’s College, uno de los colleges más conocidos y emblemáticos de Cambridge. Fundado en 1511 por Lady Margaret Beaufort, madre del rey Enrique VII, St John’s ha sido desde sus orígenes uno de los centros más influyentes de la universidad, con una larga tradición académica y un peso histórico indiscutible dentro de Cambridge. Por sus aulas han pasado figuras clave como Paul Dirac, uno de los padres de la física cuántica y premio Nobel, o el político y reformador social William Wilberforce, impulsor de la abolición de la esclavitud en el Imperio Británico.

St John´s College

El college es también conocido por su arquitectura monumental, especialmente por el conjunto de edificios que se extienden a lo largo del río Cam y por algunos de sus elementos más reconocibles, como el Puente de los Suspiros, una elegante pasarela cubierta que conecta dos de los edificios del college y que, pese a su nombre, poco tiene que ver con el de Venecia más allá de la inspiración estética. El puente fue construido en 1831 dentro de la llamada New Court, una ampliación del college levantada en estilo neogótico durante el siglo XIX. Junto a él se despliegan los amplios jardines del college, considerados entre los más cuidados de la ciudad.

Puente de los Suspiros. St John´s College

Como ya sabía que el college permanecería cerrado a visitantes hasta bien entrado el mes de marzo, en principio pensé que tendría que conformarme con verlo únicamente desde el exterior. Sin embargo, había leído que en ocasiones algunos estudiantes accedían a acompañar a visitantes durante unos minutos para mostrarles alguno de los patios interiores. Así que decidí probar suerte. Tras preguntar a varios estudiantes que entraban al recinto, a la tercera encontré a un joven muy amable que accedió a acompañarme brevemente por el interior del college. Gracias a él pude recorrer algunos de sus patios y, lo que fue aún más sorprendente, atravesar por dentro el famoso Puente de los Suspiros, algo normalmente reservado a los propios alumnos del college, por lo que no pude evitar sentirme especialmente afortunado.

St John´s College

Puente de los Suspiros. St John´s College

Río Cam desde Puente de los Suspiros. St John´s College

El exterior del puente lo vería más tarde desde el río durante el paseo en punt de la tarde, que es desde donde está tomada la fotografía del mismo. Desde esa perspectiva también se puede observar la llamada New Court Entrance, conocida igualmente como la Entrada Gótica, construida en el siglo XIX en estilo neogótico y concebida como una reinterpretación romántica de la arquitectura medieval universitaria. Este acceso monumental forma parte del conjunto de la New Court y constituye hoy una de las estampas más características del college vistas desde el Cam.

New Court Entrance. St John´s College

St John´s College

Tampoco se puede dejar de mencionar la capilla de St John’s College, situada junto a los edificios principales y visible desde varios de los patios. Construida entre finales del siglo XIX y principios del XX, combina elementos neogóticos con detalles tradicionales propios de la universidad y sigue siendo un espacio activo para ceremonias, conciertos y actos académicos. Su ubicación permite contemplarla desde los jardines y algunos corredores, y su arquitectura armoniza con el resto del conjunto del college.

Capilla St John´s College

Capilla St John´s College

Muy cerca del college, en All Saints Passage, me encontré además con una de esas pequeñas curiosidades que hacen tan especial a Cambridge: una dinky door, una diminuta puerta colocada a ras de suelo. Estas puertas, que han ido apareciendo en distintos puntos de la ciudad en los últimos años, forman parte de una iniciativa artística y solidaria pensada para despertar la imaginación y apoyar causas benéficas, y se han convertido en una especie de juego urbano para vecinos y visitantes. Un detalle mínimo, casi fácil de pasar por alto, pero que encaja perfectamente con ese aire entre tradición, fantasía y vida cotidiana que se respira en la ciudad.

Dinky Door en All Saints Passage

KING´S COLLEGE

Desde allí continuaría caminando hacia King’s College, donde tenía reservada la entrada (16 £) para las 09:30 de la mañana a través de su página oficial: https://www.kings.cam.ac.uk
Una decisión más que acertada, porque es uno de los colleges más visitados de Cambridge y conviene asegurarse el acceso con antelación.

Fundado en 1441 por el rey Enrique VI, King’s College es, probablemente, el college más icónico de la ciudad. A lo largo de los siglos, sus primitivas instalaciones se fueron ampliando con pabellones góticos, barrocos y renacentistas, organizados en torno a un enorme patio principal, que actúa como antesala del conjunto y que, nada más cruzar la entrada, anticipa la escala del lugar. Buena parte de su fama se debe a su imponente capilla, considerada una de las grandes obras maestras del gótico perpendicular inglés.

Gatehouse y Capilla. King´s College

Gatehouse. King´s College

Fellow´s Building. King´s College

Nada más entrar, el espacio impone: las dimensiones, la verticalidad y, sobre todo, su espectacular bóveda de abanico, la más grande del mundo construida en una sola nave, justifican por sí solas la visita. La capilla, iluminada por 25 gigantescas vidrieras, está presidida por el retablo de La Adoración de los Magos, obra de Rubens. La atmósfera que crean los colores de la pintura, tamizados por los reflejos luminosos que llegan desde el exterior a través de los ventanales, sumerge al visitante en una especie de éxtasis sobrevenido, difícil de describir con palabras.

Capilla. King´s College

Capilla. King´s College

Capilla. King´s College

La capilla es también famosa por albergar uno de los coros más prestigiosos del mundo, el King’s College Choir, cuya tradición musical sigue muy viva y cuya interpretación del Festival of Nine Lessons and Carols en Navidad es todo un referente.

Capilla. King´s College

Más allá de la arquitectura, King’s College ha sido también cuna de figuras clave en distintos ámbitos del conocimiento y la cultura. Aquí estudiaron, entre otros, John Maynard Keynes, uno de los economistas más influyentes del siglo XX, cuyas teorías cambiaron la forma de entender la economía moderna, o Alan Turing, matemático y criptógrafo fundamental para el desarrollo de la informática y decisivo en la derrota del nazismo gracias a su trabajo en la descodificación de la máquina Enigma durante la Segunda Guerra Mundial.

Recorrer sus patios y jardines, que se abren hacia el río Cam, permite entender por qué este college es una de las imágenes más reconocibles de Cambridge. Todo está cuidado al detalle, pero sin perder ese aire vivo y universitario que hace que el lugar no se sienta como un museo, sino como lo que sigue siendo: un espacio de estudio, pensamiento y tradición en pleno funcionamiento.

King´s College y Río Cam

King´s College Bridge

King´s College

La visita fue, sin duda, uno de los grandes momentos del día y una introducción perfecta a la Cambridge más monumental y simbólica.

Y justo a unos pasos, en Trinity Street, me detuve en la Cambridge University Press Bookshop, una librería histórica donde se pueden explorar títulos que han marcado siglos de conocimiento académico. No es la sede de la Press, así que no se puede visitar como museo, pero pasear entre sus estanterías, llenas de libros de todo tipo, es un pequeño recordatorio tangible del legado intelectual que impregna toda la ciudad.

Cambridge University Press

GREAT ST MARY´S

La siguiente parada la dedicaría a Great St Mary’s, la iglesia universitaria de Cambridge, situada en pleno corazón de la ciudad y muy cerca del resto de colleges más emblemáticos. Exteriormente no es el edificio más espectacular de la ciudad, pero su arquitectura gótica perpendicular, sobria y elegante, encaja perfectamente con el entorno académico que la rodea. Aquí no hay excesos decorativos: todo transmite seriedad, tradición y una cierta austeridad muy británica.

Great St Mary´s

El interior es amplio y luminoso, con una nave clara y bien proporcionada que durante siglos ha sido escenario de sermones universitarios, actos académicos y momentos clave de la historia de la universidad. De hecho, desde este mismo púlpito se predicaron discursos decisivos durante la Reforma inglesa, y el templo fue testigo directo de las tensiones religiosas del siglo XVI, cuando Cambridge se convirtió en uno de los principales focos intelectuales del protestantismo en Inglaterra.

Great St Mary´s

Pero si hay algo por lo que merece especialmente la pena detenerse aquí es por la subida a la torre. No hace falta reservar con antelación: basta con pagar la entrada allí mismo —el precio ronda los 6 £— y armarse de un poco de paciencia para subir los estrechos escalones de piedra. No es una subida complicada, pero sí lo suficientemente larga como para hacerte notar que estás ascendiendo a uno de los mejores miradores de la ciudad.

La recompensa llega arriba. Desde lo alto de la torre se obtienen las mejores vistas panorámicas de Cambridge, con los tejados de los colleges extendiéndose en todas direcciones, la silueta inconfundible de la capilla de King’s dominando el paisaje, el trazado del río Cam y, en los días claros, una perspectiva perfecta para entender la estructura y el tamaño real de la ciudad universitaria. Es uno de esos lugares donde todo cobra sentido y donde te das cuenta de lo compacta, elegante y coherente que es Cambridge. Para mí fue una de esas visitas que no siempre encabezan las listas, pero que acaban siendo mucho más interesantes de lo que uno espera.

King´s College desde Torre Great St Mary´s

Cambridge desde Torre Great St Mary´s

Market Square desde Torre Great St Mary´s

SENATE HOUSE

Después de la breve parada anterior, justo enfrente reparé en la Senate House, el imponente edificio que ha sido el corazón ceremonial de la Universidad de Cambridge durante siglos. Situada en la King’s Parade, su fachada de piedra clara y elegante refleja la sobriedad y el rigor académico que caracteriza a la universidad, mientras que su tamaño y simetría transmiten inmediatamente la sensación de autoridad y tradición.

La Senate House fue construida entre 1722 y 1730, diseñada por el arquitecto James Gibbs, y desde entonces ha servido como sede de los actos oficiales más importantes de la universidad, incluyendo la graduación de todos los colleges. Caminar frente a ella, y luego rodearla por sus laterales, permite imaginar el paso de generaciones de estudiantes y académicos, muchos de ellos figuras que dejaron su huella en la ciencia, la política y las artes. Entre sus momentos históricos se incluyen discursos y ceremonias que marcaron la historia universitaria, y aunque el interior suele reservarse para actos oficiales, su exterior transmite todo el peso simbólico que representa.

Recinto Senate House

Al llegar, pude apreciar también los detalles arquitectónicos, como las columnas clásicas, los escudos tallados y las ventanas simétricas que miran hacia la plaza, y que, combinados con la afluencia constante de estudiantes y turistas, convierten la King’s Parade en uno de los lugares más vivos y reconocibles de Cambridge.

GONVILLE & CAIUS COLLEGE

Aunque en principio no pensaba hacer parada en este punto, como iba bien de tiempo, me animaría a ello. Gonville & Caius College, es uno de los colleges con más historia de Cambridge y, curiosamente, uno de los que pasa más desapercibido a primera vista. Fundado en 1348 como Gonville Hall y refundado en el siglo XVI por el médico John Caius, el college ha ido creciendo poco a poco, encajando nuevos patios y edificios en un espacio relativamente reducido, lo que le da ese aire algo laberíntico y muy auténtico.

Great Gate. Gonville & Caius College

A diferencia de otros colleges más turísticos, aquí no se pueden comprar entradas por internet. El acceso depende del día y del momento: abre solo en determinadas franjas horarias y puede cerrarse sin previo aviso durante exámenes o actos académicos. Hay que acercarse a la portería, preguntar y, si está abierto a visitantes, entrar respetando siempre que sigue siendo un lugar de estudio y residencia. No es el típico college pensado para el turismo, y eso, precisamente, forma parte de su encanto.

La entrada principal del college, conocida como la Great Gate, se encuentra justo en la plaza de la Senate House y frente a la iglesia de St Mary the Great. Es la puerta más monumental del college, con un arco imponente y detalles arquitectónicos del siglo XVI que la convierten en el primer contacto visual con la historia y el prestigio de Gonville & Caius.

Una de sus señas de identidad más curiosas son las tres puertas simbólicas que marcan el recorrido vital del estudiante dentro del college. Tras pasar por la Great Gate, llegué a la Portería, donde se encuentra la Puerta de la Humildad, por la que los estudiantes acceden al comenzar los estudios. Pregunté al portero si podía visitar el college y, de manera muy amable, me permitió entrar. El primer patio al que accedí estaba dominado por la Puerta de la Virtud, utilizada por los estudiantes durante su vida académica diaria. Pasear por este patio, entre muros antiguos y fachadas que mezclan distintos estilos, transmitía una sensación recogida y auténtica, muy distinta a la monumentalidad de otros colleges.

Puerta de la Virtud. Gonville & Caius College

Gonville & Caius College

Gonville & Caius también ha visto pasar a algunas de las figuras más influyentes de la ciencia y la medicina: desde Stephen Hawking, que realizó aquí parte de su formación, hasta Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN. Con lo poco que pude recorrer, es fácil entender cómo un espacio relativamente contenido ha sabido formar mentes que dejaron huella en la historia científica mundial.

La tercera puerta, la Puerta del Honor, reservada para el momento de la graduación y el final de la vida académica dentro del college, permaneció fuera de mi alcance. Hasta allí no me dejaron pasar, así que me quedé con las ganas de verla en persona, dejando un pequeño misterio para futuras visitas.

Con lo poco que llegué a ver, el college ya transmite una sensación muy distinta a la de otros más monumentales: todo es más contenido, recogido y auténtico.

GREEN STREET/SUSSEX STREET

Mi paseo continuó sin prisas, dejándome llevar por el entramado de calles del centro histórico, hasta desembocar en Green Street y Sussex Street, dos vías cortas pero con mucha vida, donde Cambridge muestra su cara más cotidiana. Aquí desaparece por un momento la solemnidad de los grandes edificios universitarios y el ambiente se vuelve más cercano, con pequeñas tiendas, cafeterías y el ir y venir constante de estudiantes y vecinos.

Green Street

Green Street, siempre animada, es una de esas calles donde apetece detenerse a mirar escaparates o simplemente observar el pulso de la ciudad. Aquí se encuentra otra dinky door, diminuta y discreta, incrustada entre las fachadas y casi desapercibida si no se mira con atención. Mientras que Sussex Street, algo más discreta, conserva ese aire tranquilo tan característico del centro de Cambridge. Ambas funcionan como un breve paréntesis urbano entre college y college, con un ambiente mucho más cotidiano.

Sussex Street

ROSE CRESCENT STREET

El recorrido siguió y mis pasos me llevaron a Rose Crescent Street, otro callejón estrecho y recogido que contrasta con la amplitud de las calles principales de Cambridge. Sus fachadas, algunas revestidas en ladrillo rojo y otras con detalles de piedra, conservan ese aire histórico de siglos atrás.

Rose Crescent Street

Es un espacio donde el tiempo se percibe distinto: apenas circula algún peatón, y se escuchan sobre todo los pasos propios y el leve murmullo de la ciudad a lo lejos. Pese a su tamaño reducido, Rose Crescent tiene personalidad propia, con tiendas discretas, alguna puerta antigua que invita a mirar y esa sensación de ser un rincón secreto que no todos los visitantes alcanzan a descubrir.

MARKET SQUARE

El siguiente punto del paseo me llevó al Market Square, el auténtico corazón de Cambridge desde la Edad Media. Aquí, durante siglos, se comerciaba con pescado, vino, sal y productos llegados de lugares remotos, pero también se concentraba la vida pública de la ciudad, con todo lo que eso implicaba entonces: desde celebraciones populares hasta espectáculos bastante menos amables que hoy cuesta imaginar.

Aunque un incendio en 1849 arrasó el mercado y los edificios de madera que lo rodeaban, la plaza fue rápidamente reconstruida, se empedró de nuevo y se añadió una fuente de estilo gótico en el centro. Desde entonces, el mercado recuperó su papel como eje de la ciudad y nunca ha dejado de ser un punto de encuentro, un lugar donde se compra, se charla y se intercambia algo más que mercancía.

Market Square

Cuando llegué, el mercado ya estaba plenamente en marcha. Los puestos, alineados en el centro de la plaza, ofrecían de todo: pan, flores, arte, comida preparada, productos locales y especialidades difíciles de clasificar. El ambiente era animado pero sin agobios, con una mezcla constante de estudiantes, vecinos y visitantes que iban y venían entre los tenderetes, algunos parándose a comprar y otros simplemente curioseando.

Market Square

Se notaba que detrás de cada puesto había muchas horas de trabajo y una relación muy directa con la clientela. Algunos vendedores charlaban con clientes habituales como si se conocieran de toda la vida, intercambiando comentarios rápidos mientras atendían a otros. Esa cercanía, esa sensación de mercado de verdad y no de simple atracción turística, es lo que hace que el Market Square siga funcionando como lo ha hecho durante siglos.

QUEEN´S COLLEGE

Acto seguido accedería a un nuevo centro del saber. Al oír el nombre Queens, uno podría pensar en un retrato regio, en el cartel de un pub o en alguna referencia simbólica sin demasiadas complicaciones. Pero en Cambridge el plural no es un adorno: Queens’ College debe su nombre, literalmente, a dos reinas. Es uno de esos detalles que parecen menores hasta que te das cuenta de que explican mucho más de lo que aparentan.

El college fue fundado en 1448 por Margarita de Anjou, esposa de Enrique VI, y años más tarde recibió el respaldo decisivo de Isabel Woodville, consorte de Eduardo IV. De ahí el posesivo en plural, una rareza dentro de la universidad que no responde a una estrategia de marketing moderno, sino a la realidad política y dinástica del siglo XV. Cambridge, como casi todo aquí, también se entiende desde esas capas de historia superpuestas.

Old Court. Queens´ College

Queens’ College se extiende a orillas del río Cam y tiene la particularidad de estar dividido por el agua, con edificios a ambos lados del cauce. Esa relación tan directa con el río le da un carácter distinto, más abierto y algo menos encerrado que otros colleges. Pasear por sus patios es recorrer distintos momentos de la arquitectura universitaria: desde las estructuras más tempranas del siglo XV hasta ampliaciones posteriores que reflejan la evolución del college a lo largo de los siglos.

Queens´ College

Tras entrar, recorrí los patios principales del college. Primero Old Court, el patio fundacional, con su estructura gótica y paredes que transmiten siglos de historia académica. Luego accedí a Walnut Tree Court, más recogido y tranquilo, donde se encuentra la New Chapel, construida entre 1889 y 1891 por el arquitecto George Frederick Bodley. Su interior combina escala monumental y elegancia sobria, con bancos tallados y vidrieras, reflejo de la vida ceremonial y coral del college.

Old Court. Queens´ College

New Chapel. Queens´ College

New Chapel. Queens´ College

Continuando, pasé por Friars Court, y después me dirigí a observar el Old Hall, visible desde un corredor a través de una cristalera, cuya decoración conserva elementos desde el siglo XV hasta el XIX, con paneles de madera, chimeneas y suelos artísticos, y que aún hoy sirve para eventos y comidas formales.

Old Hall. Queens´ College

Tampoco se puede dejar de mencionar otro de sus elementos más antiguos: la Torre Erasmus, de estilo gótico, vinculada al humanista Erasmo de Róterdam, que residió aquí a comienzos del siglo XVI. No es una figura decorativa: su presencia conecta el college con el humanismo europeo y con una Cambridge que ya miraba más allá de Inglaterra.

Queens’ College no se percibe como un espacio congelado en el tiempo. A pesar de su antigüedad, mantiene ese equilibrio tan característico de Cambridge entre tradición y vida académica real. Es un lugar que sigue funcionando como college, con estudiantes, profesores y una rutina que convive sin esfuerzo aparente con más de cinco siglos de historia.

Old Court. Queens´ College

Y no, no se me ha olvidado uno de los elementos más reconocibles del conjunto —el puente de madera que conecta ambas orillas— el cual queda casi como una promesa visual al fondo del recorrido. Su historia, sin embargo, merece detenerse aparte, porque va mucho más allá de lo que su apariencia sencilla sugiere. Este puente forma parte del propio Queens’ College y se encuentra dentro de sus terrenos, conectando los edificios situados a ambos lados del río Cam. Desde el interior del college se obtienen las mejores perspectivas, e incluso es posible cruzarlo, aunque también puede contemplarse desde el río durante el paseo en punt. El acceso al college cuesta 5 libras y se pagan allí mismo.

MATHEMATICAL BRIDGE

El llamado Mathematical Bridge es uno de esos lugares donde Cambridge demuestra hasta qué punto le gusta jugar con su propia mitología. A primera vista no parece gran cosa: un puente de madera, elegante y contenido, que cruza el Cam dentro de los terrenos de Queens’ College. Y sin embargo, pocas estructuras de la ciudad han generado tantas historias repetidas con tanta convicción.

La leyenda más extendida asegura que Isaac Newton diseñó el puente sin utilizar clavos ni tornillos, basándose únicamente en complejos principios matemáticos, y que generaciones posteriores, incapaces de entender su genialidad, tuvieron que desmontarlo y volver a montarlo recurriendo a pernos metálicos. La historia es bonita, redonda… y completamente falsa.

Mathematical Bridge. Queens´ College

Para empezar, Newton murió en 1727 y el primer puente se construyó en 1749, más de veinte años después. Así que su participación directa es, sencillamente, imposible. Además, basta con observar el puente actual con un mínimo de atención para comprobar que sí utiliza elementos metálicos: pernos y tornillos visibles que forman parte esencial de la estructura. No hay aquí ningún secreto perdido ni ningún conocimiento arcano que se haya evaporado con el tiempo.

Rio Cam desde Mathematical Bridge. Queens´ College

Entonces, ¿de dónde sale la fama “matemática” del puente? De su diseño. El puente original fue concebido por William Etheridge y construido por James Essex el Joven, y su forma responde a un principio de equilibrio geométrico: una serie de piezas rectas de madera dispuestas de tal manera que el conjunto actúa como un arco. No hay curvas en las vigas principales, pero el resultado final se comporta estructuralmente como si las hubiera. Eso, para el ojo no entrenado, parece magia; para un ingeniero del siglo XVIII, era inteligencia aplicada.

Mathematical Bridge. Queens´ College

El puente que vemos hoy tampoco es el original. Ha sido reconstruido en varias ocasiones —en el siglo XIX y de nuevo en el XX—, respetando siempre el diseño general, pero adaptándolo a nuevas necesidades de seguridad y conservación. Cada versión ha mantenido esa apariencia ligera y casi frágil que engaña al visitante: parece delicado, pero lleva siglos cumpliendo su función.

Río Cam a su paso por Queens College

THE CORPHUS CLOCK

Tras tanto college solemne, patios silenciosos y siglos de tradición, el paseo necesitaba un pequeño sobresalto. Y Cambridge lo tiene. Basta con torcer un poco el rumbo, acercarse a Trumpington Street y plantarse frente a una esquina que, sin previo aviso, te mira de vuelta.

Allí está el Corpus Clock, incrustado en la fachada del Taylor Library del Corpus Christi College. No hay torre, no hay campanario, no hay nada que prepare al visitante. De repente, el tiempo aparece… pero no de la forma en que uno espera.

El reloj fue inaugurado en 2008 y es una de las incorporaciones más contemporáneas al paisaje histórico de la ciudad. Su diseño rompe completamente con el entorno: una gran esfera dorada, irregular, casi líquida, sin números, sin agujas tradicionales. En su lugar, una superficie ondulante que parece moverse por sí sola, como si el tiempo no avanzara en línea recta sino a trompicones.

The Corphus Clock

Y vigilándolo todo, arrastrándose por el borde del reloj, está el Chronophage, una especie de criatura mecánica con aspecto de saltamontes monstruoso que va devorando los segundos. Cada tic es un bocado. Cada avance, una pequeña agresión. Aquí el tiempo no se mide: se consume.

El mensaje es tan claro como incómodo. El Corpus Clock no celebra el paso del tiempo; lo denuncia. Nos recuerda que avanza sin pedir permiso, que no se detiene, que no entiende de exámenes, viajes ni planes. Incluso el mecanismo introduce irregularidades deliberadas: el reloj acelera, se frena, se desajusta, como la vida misma. No hay precisión tranquilizadora, solo una sensación constante de inestabilidad.

En la parte superior puede leerse una inscripción en latín que remata la idea: “Mundus transit et concupiscentia eius” —el mundo pasa, y con él sus deseos—. Una frase que, colocada ahí, frente a estudiantes, turistas y curiosos, funciona casi como una advertencia silenciosa.

Me quedé un rato observándolo, hipnotizado y ligeramente incómodo, que es justo el efecto que busca. Rodeado de móviles levantados, caras de desconcierto y alguna risa nerviosa, entendí que este reloj no está pensado para gustar, sino para hacer pensar. Y eso, en una ciudad como Cambridge, tiene todo el sentido del mundo.

TRINITY COLLEGE

Tras el impacto visual del Corpus Clock, mi paseo continuó hacia uno de los grandes pesos pesados de Cambridge: Trinity College. No es solo uno de los colleges más grandes de la universidad, sino también uno de los más ricos, influyentes y poderosos, tanto por historia como por legado académico.

La visita la tenía prevista para las 14:00, con entrada reservada previamente a través de la página oficial de Trinity College (www.trin.cam.ac.uk), una gestión imprescindible si se quiere acceder al interior y, especialmente, a espacios como la Wren Library, cuyo horario de apertura es muy limitado fuera de las visitas organizadas, y que en mi caso tampoco pude visitar, ya que se encontraba cerrada durante mi recorrido, algo que me dejó algo triste teniendo en cuenta el valor histórico de lo que alberga en su interior. La entrada cuesta 5 libras y se paga allí mismo.

Antes incluso de entrar en el college, hay un detalle fácil de pasar por alto pero cargado de significado: el manzano asociado a Isaac Newton, situado en los jardines de Trinity, cerca de Trinity Street. No se trata de un árbol cualquiera ni de una invención romántica posterior. La tradición —respaldada por testimonios del propio Newton— sitúa aquí el episodio en el que la caída de una manzana le llevó a reflexionar sobre la gravedad, dando origen a una de las ideas fundacionales de la física moderna. El árbol actual no es el original del siglo XVII, pero sí un descendiente directo, y su presencia funciona casi como un recordatorio silencioso de hasta qué punto Trinity no es solo un conjunto monumental, sino también un lugar donde surgieron ideas que cambiaron la forma de entender el mundo.

Manzano Isaac Newton. Trinity College

Manzano Isaac Newton. Trinity College

Trinity College fue fundado en 1546 por Enrique VIII, fruto de la unión de dos instituciones anteriores, King’s Hall y Michaelhouse. En pleno proceso de disolución de monasterios y confiscación de bienes eclesiásticos, Cambridge estuvo cerca de sufrir un destino similar, pero la intervención de Catalina Parr, la sexta esposa del rey, fue decisiva para que, en lugar de destruir, se reorganizara. El resultado fue este nuevo college, símbolo del poder real y de la continuidad del saber. La estatua de Enrique VIII preside todavía la Great Gate, recordando de forma muy explícita quién estuvo detrás de su creación.

Great Gate. Trinity College

Nada más cruzar esa puerta monumental desde Trinity Street, se accede al Great Court, un espacio que impone por escala y por atmósfera. No es solo uno de los patios más grandes de Cambridge, es también uno de los más cargados de significado. Aquí la sensación es clara: siglos de estudio, debate y pensamiento han dejado huella. El conjunto actual se debe en gran medida a Thomas Nevile, master del college a finales del siglo XVI y comienzos del XVII, que reorganizó edificios existentes y añadió otros nuevos, entre ellos el gran edificio del comedor del college, conocido simplemente como Great Hall, logrando un espacio que, sorprendentemente, sigue en uso cotidiano.

Great Court. Trinity College

Great Court. Trinity College

Durante la visita sí pude acceder precisamente a este comedor histórico, el Great Hall, un espacio que recuerda inevitablemente a los grandes comedores colegiales que había visto unos meses antes en Oxford. Largas mesas de madera, retratos colgados en las paredes y un techo elevado que refuerza la sensación de tradición académica crean una atmósfera muy similar a la de otros colleges históricos de Oxbridge, donde la vida universitaria sigue organizándose todavía alrededor de estos rituales cotidianos.

Great Hall. Trinity College

Ese mismo patio, además de su peso histórico y arquitectónico, ha sido también escenario de una de las tradiciones más famosas de la universidad: la Great Court Run, una carrera alrededor del patio que algunos estudiantes intentan completar durante la cena de matriculación. Una mezcla perfecta de ritual académico, desafío físico y cierta locura estudiantil que resume bastante bien el espíritu del lugar.

A un lado del conjunto se encuentra la capilla de Trinity College, construida en estilo gótico Tudor. Su edificación comenzó bajo el reinado de María I y fue completada por Isabel I, algo que se percibe en los detalles heráldicos del interior. Desde el exterior pasa casi desapercibida, pero al entrar el espacio se eleva con sobriedad y equilibrio. El silencio, la acústica y la luz crean una atmósfera especialmente serena. En el acceso a la capilla, varias esculturas de antiguos alumnos ilustres recuerdan que aquí no solo se ha rezado, sino que también se ha pensado el mundo. Entre ellos se encuentra Isaac Newton, quien estudió en Trinity College a partir de 1661 y desarrolló aquí buena parte de las ideas que cristalizarían en los Principia Mathematica, obra fundamental de la física y la matemática modernas, así como Francis Bacon y Alfred Lord Tennyson.

Capilla Trinity College

Organo Capilla Trinity College

Estatua Isaac Newton. Capilla Trinity College

Más allá del Great Court se abre Nevile’s Court, un patio más recogido y elegante, concebido como transición entre el núcleo principal del college y el río Cam. Aquí la arquitectura se vuelve más armónica, casi palaciega, y conduce directamente a uno de los espacios más célebres de Trinity.

Nevile´s Court. Trinity College

Al fondo del patio se alza la Wren Library, diseñada por Christopher Wren y construida entre finales del siglo XVII. Es uno de los edificios más refinados de Cambridge, tanto por su arquitectura como por lo que alberga en su interior. La biblioteca fue concebida para responder al crecimiento intelectual del college y se asoma al río como un templo del conocimiento. Lamentablemente, en mi caso no pude acceder a su interior, ya que la biblioteca solo abre en horarios muy concretos y mi visita no coincidió con ellos, algo que ocurre con frecuencia si no se planifica con mucha precisión. En su interior se conservan auténticos tesoros: primeras ediciones, manuscritos originales y obras fundamentales de la historia del pensamiento. Entre ellos, copias del First Folio de Shakespeare, manuscritos de Milton, textos de Tennyson y la copia personal de los Principia Mathematica de Isaac Newton.

Trinity College ha sido cuna de algunas de las mentes más influyentes de la historia en campos tan diversos como la ciencia, la literatura, la filosofía o la matemática. Entre los científicos y matemáticos destacan Isaac Newton, Niels Bohr, Ernest Rutherford, James Clerk Maxwell y Srinivasa Ramanujan; entre los filósofos, Francis Bacon y Bertrand Russell; y entre los escritores y poetas, Lord Byron, Alfred Lord Tennyson y Wittgenstein. A todo ello se suma un poder económico considerable: Trinity es conocido por ser uno de los colleges más ricos de Oxbridge, con extensas propiedades y una influencia que va mucho más allá de sus muros.

Pese a todo, Trinity no se percibe como un lugar fosilizado. Entre patios monumentales, bibliotecas legendarias y fachadas cargadas de historia, sigue latiendo la vida universitaria: estudiantes que cruzan el Great Court, conversaciones apresuradas, bicicletas apoyadas donde menos se espera. Es precisamente esa convivencia entre grandeza histórica y uso cotidiano lo que hace que Trinity College no sea solo uno de los lugares más importantes de Cambridge, sino también uno de los más auténticos.

PUNTING

Justo cuando empezaba a notar que el día había dado de sí mucho más de lo esperado, me dirigí hacia el río Cam para uno de los momentos que más esperaba de Cambridge: el punting, ese paseo en barca tradicional que te desliza suavemente por el agua viendo los colleges desde una perspectiva que ninguna calle puede ofrecer. Había decidido embarcar en Cambridge Punt Company, cuya estación principal se encuentra en Jesus Green Moorings, un punto céntrico y con varios puestos de embarque autorizados que parten desde el corazón de la ciudad.

Allí mismo, al borde del Cam, me puse en la cola, compré mi billete y esperé mi turno. La corriente apenas se nota y el casco de la punt —esa barca de fondo plano tan típica del lugar— avanza al ritmo de las pértigas que empujan suavemente el agua. No es un viaje rápido ni deportivo: es un trayecto para absorber paisaje, historia y calma en la proporción justa.

Punting en el Río Cam

Mientras nos deslizábamos por el canal, fui dejando atrás vistas que ya conocía de otros ángulos: la fachada de King’s College Chapel reflejada en el agua, el Bridge of Sighs y los jardines que sólo se aprecian así, desde el río. Más adelante apareció también la silueta de Queens’ College, uno de los colleges más vinculados al propio Cam, cuyos edificios se reparten a ambos lados del cauce. Desde el agua se aprecia especialmente bien uno de sus elementos más conocidos: el Mathematical Bridge, el elegante puente de madera que une las dos orillas del college y que, visto desde la barca, revela con claridad la curiosa geometría de su estructura.

Paisaje desde Punting en el Río Cam

Puente de los Suspiros desde Punting en el Río Cam

King´s College desde Punting en el Río Cam

Mathematical Bridge desde Punting en el Río Cam

A medida que avanzábamos por el Cam iban apareciendo nuevas perspectivas de los colleges, muchas de ellas imposibles de apreciar desde las calles de la ciudad. El recorrido completo duró aproximadamente cuarenta y cinco minutos y tuvo un coste de 30 libras, una experiencia nada barata, pero probablemente una de las formas más agradables de descubrir Cambridge.

EAGLE PUB

Era el momento del relax total tras el paseo en punt. Apenas había comido nada, así que era hora de darme un buen festín. Mi elección fue clara: el Eagle Pub, un clásico de Cambridge con historia y carácter. Apenas crucé la puerta me recibió un ambiente cargado de tradición, con paredes llenas de fotografías antiguas, recuerdos de científicos, y una decoración que combina madera oscura, vitrinas de época y esa sensación de pub inglés auténtico que parece haber estado allí siempre.

Eagle Pub

El Eagle no es solo un lugar para beber; es un pedazo de historia viva. Además de ser el lugar donde se anunció el descubrimiento de la estructura del ADN por Watson y Crick, es quizás más conocido por ser el bar de la RAF durante la Segunda Guerra Mundial. El techo está cubierto de grafitis realizados por pilotos británicos y estadounidenses: nombres, números de escuadrón, dibujos hechos con encendedores, velas y lápiz labial, entre ellos incluso una mujer desnuda dibujada con este medio.

Eagle Pub

A estas historias se suma una leyenda escalofriante: hace unos cientos de años, un incendio arrasó las habitaciones de arriba y un niño quedó atrapado al no poder abrir una ventana, falleciendo en el fuego. Desde entonces, la ventana se mantiene abierta y, dicen, cuando ha estado cerrada ha traído mala suerte o incluso se ha abierto misteriosamente por sí sola.

Me acomodé en una mesa, pedí una cerveza local y, por fin, pude disfrutar de un buen plato de comida inglesa: pastel de carne, verduras recién hechas y una buena pinta de cerveza (25 libras). La combinación de sabores, el bullicio agradable del pub y la historia que me rodeaba hicieron que la comida se convirtiera en un momento de placer total, cerrando el día por completo en Cambridge con la sensación de haberlo exprimido al máximo.


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