Amanecía una nueva jornada en Ámsterdam y tocaba volver a
ponernos en marcha. Después del intenso recorrido del día anterior, esta
jornada la afrontaríamos con algo más de calma, pero con un objetivo claro:
regresar a algunos de los lugares esenciales de la ciudad para que quienes no
habían estado en la primera visita pudieran conocerlos, y sumar también nuevos
puntos que entonces se nos habían quedado pendientes. La ciudad despertaba con
su rutina habitual, bicicletas, tranvías y el incesante ir y venir junto a los
canales, y nosotros haríamos lo propio, retomando el pulso de sus calles desde
primera hora del día.
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| Bicicletas en Amsterdam |
MOLINO DE GOOYER
Nuestra primera parada del día nos llevaría hacia la zona
oriental de la ciudad, siguiendo el curso de los canales hasta alcanzar el
molino De Gooyer. Ya lo habíamos visitado en aquel primer viaje, y precisamente
por eso queríamos repetir la visita: nos hacía ilusión que Cristina y Belén
pudieran sentir la misma impresión que tuvimos nosotros entonces al
encontrarnos, por fin, frente a un molino holandés auténtico.
A diferencia de otros rincones de Ámsterdam, aquí el paisaje
se abre y el molino se levanta prácticamente aislado, junto al agua y con el
horizonte despejado, lo que realza aún más su silueta. Sus enormes aspas —entre
las mayores de la ciudad— y la altura de la estructura imponen desde el primer
momento, recordando el papel que estos ingenios tuvieron en el drenaje y el
abastecimiento de la zona cuando todavía formaban parte activa del sistema
productivo.
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| Molino De Gooyer |
Hoy su función original pertenece al pasado, pero el De Gooyer sigue siendo uno de los pocos molinos históricos conservados dentro del término urbano. A su lado se encuentra la cervecería instalada en el antiguo edificio anexo, otro ejemplo de cómo en Ámsterdam se reutiliza el patrimonio sin vaciarlo de significado.
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| Molino De Gooyer |
Nos quedamos un rato contemplándolo, dejando que Cristina y Belén lo mirara con la misma mezcla de sorpresa y satisfacción que sentimos nosotros la primera vez. Tras unas fotos y un breve descanso junto al canal, continuaríamos el recorrido con la sensación de haber empezado el día recuperando uno de aquellos lugares que nunca decepcionan.
MAGERE BRUK
Tras dejar el molino atrás, nos dirigimos hacia uno de los
iconos más reconocibles de la ciudad: el Magere Brug,
o Puente Delgado, que cruza el río Amstel uniendo los barrios de Kerkstraat y
Stadhouderskade. Este puente levadizo de madera se construyó originalmente en
el siglo XVII y, a lo largo de los años, ha sido reconstruido varias veces,
aunque siempre conservando su silueta característica: dos tramos de madera
pintada de blanco con sus contrapesos y poleas visibles, que se elevan para
dejar pasar el tráfico fluvial.
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| Magere Bruk |
Caminar sobre él sigue siendo una experiencia particular. El puente vibra ligeramente bajo los pies, recordando que no es un puente cualquiera sino uno concebido para combinar funcionalidad y estética, y que ha acompañado a la ciudad durante siglos. Por la noche se ilumina con decenas de luces, creando una postal clásica de Ámsterdam, pero a primera hora de la mañana, con el agua reflejando las fachadas de los canales, se puede apreciar con calma su ingenio y la precisión de su construcción.
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| Magere Bruk |
En nuestro paseo, cruzarlo no era solo un trámite: servía para observar cómo los barcos navegaban por el Amstel y para disfrutar del paisaje fluvial que tantos canales conectan. Para algunos de nosotros, el puente era un recuerdo del primer viaje, un lugar que había quedado grabado en la memoria; para Cristina y Belén, en cambio, era un primer contacto con uno de esos detalles que convierten a Ámsterdam en algo único.
WATERLOOPLEIN
La siguiente parada nos llevó a Waterlooplein, una de las
plazas más amplias y conocidas de Ámsterdam. Desde su origen en el siglo XIX,
cuando se transformó una zona de mercado de frutas y verduras en un espacio
público organizado, ha ido consolidándose como un punto de encuentro y
actividad comercial, especialmente famoso por su mercado diario de antigüedades
y artículos variados. La plaza conserva todavía ese aire abierto y amplio que
contrasta con las calles estrechas del centro, ofreciendo una perspectiva
diferente de la ciudad.
En uno de sus extremos se alza la Opera Nacional de Ámsterdam, un
edificio moderno dentro de un entorno clásico, diseñado para albergar
representaciones de ópera, ballet y conciertos. Su arquitectura combina líneas
contemporáneas con elementos que dialogan con el tejido urbano circundante,
demostrando cómo la ciudad ha sabido integrar la modernidad sin romper el
conjunto histórico.
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| Ópera Nacional. Waterlooplein |
La amplia plaza permite observar el tránsito constante de tranvías y bicicletas y, al mismo tiempo, notar la vida diaria de los puestos del mercado, que añaden color y movimiento. Es un espacio que refleja la mezcla típica de Ámsterdam: actividad comercial, cultura y espacio público abierto, todo en un solo lugar.
BLAWBRUG
Justo al lado de la anterior se encuentra el Blauwbrug, un puente histórico
sobre el Amstel que llama la atención por su tamaño y presencia. A diferencia
de los puentes pequeños del centro, este tiene arcos sólidos de piedra y columnas decorativas,
con farolas que le dan un aire elegante y señorial. No está flanqueado por
casas; solo se ven edificaciones al principio y al final del puente, lo que
deja que la estructura en sí domine la escena.
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| Puente Blawbrug y Ópera Nacional |
Cruzarlo permite apreciar su arquitectura robusta y los detalles ornamentales que evocan motivos marítimos y símbolos de la ciudad, mientras el canal fluye tranquilo bajo los arcos. Es uno de esos lugares que no destacan por vistas lejanas, sino por la sensación de monumentalidad y equilibrio que ofrece en medio del tejido urbano de Ámsterdam.
STAALMEESTERBRUG
Dejando atrás la zona de Waterlooplein nos dirigimos hacia
un rincón que se nos había pasado en la primera visita y que resultó ser uno de
esos detalles que luego agradeces haber visto: el Staalmeestersbrug, un puente
levadizo de madera sobre
el canal Groenburgwal. A simple vista
podría parecer uno más, pero al colocarse en medio del puente y mirar hacia el
fondo, la vista se vuelve inmediata: la torre de
la iglesia Zuiderkerk
se eleva sobre los tejados, marcando el paisaje con un perfil que parece
detenido en el tiempo.
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| Staalmeesterbrug |
El puente conserva esa sencillez funcional que caracteriza a gran parte de la arquitectura de la ciudad. Desde él, los canales, el agua y la torre de la iglesia forman una de esas postales que definen Ámsterdam, una escena que impresiona por equilibrio y claridad visual.
Nos detuvimos unos minutos allí, observando el movimiento de
barcos y bicicletas, y aprovechando para capturar algunas fotos. La luz del día
empezaba a cambiar, y la ciudad seguía su ritmo habitual, tranquila pero viva,
dejando claro por qué cada puente y cada canal merecen su atención.
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| Staalmeesterbrug |
CASAS DANZANTES
Desde Staalmeesterbrug sólo tendríamos que caminar unos
metros hasta encontrarnos de frente con uno de esos puntos que llaman la
atención obligatoriamente: las conocidas como casas
danzantes. A primera vista podría parecer que alguien hubiera
diseñado las fachadas con cierto capricho, pero basta detenerse unos segundos
para darse cuenta de que la inclinación y las ligeras deformaciones no son un
efecto buscado, sino la consecuencia directa del subsuelo blando sobre el que
se levantó la ciudad.
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| Casas Danzantes |
Estas viviendas estrechas y altas, apoyadas sobre pilotes de madera, han ido cediendo de forma desigual con el paso del tiempo, generando líneas torcidas, marcos de ventanas inclinados y perfiles que parecen moverse unos contra otros. Verlas de cerca produce una mezcla curiosa de extrañeza y fascinación. No hay simetrías perfectas ni fachadas impecables; aquí todo parece ligeramente fuera de lugar, resultando sorprendente.
MIRADOR DE LOS SIETE PUENTES
Un poco más adelante llegaríamos a uno de esos rincones que,
sin ser un gran monumento, termina convirtiéndose en una de las imágenes más
identificables de Ámsterdam: el conocido mirador de los siete puentes.
No aparece señalado con carteles ni tiene una placa que lo anuncie; es
simplemente un punto exacto del canal desde el que, al alinear la mirada, se
encadenan varios puentes uno detrás de otro, formando una especie de túnel de
arcos perfectamente sucesivos.
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| Mirador de los Siete Puentes |
Basta colocarse en el lugar adecuado y dejar que la vista avance entre las barandillas, los reflejos del agua y las farolas que marcan cada salto del canal. De día, el efecto ya resulta llamativo por la profundidad que genera la perspectiva; pero es al atardecer o con las luces encendidas cuando adquiere un aire casi teatral, como si cada puente fuera un pequeño telón que se abre sobre el siguiente.
GOLDEN BEND
Nuestro paseo continuaría por uno de los tramos más
señoriales del anillo de canales: el conocido como Golden
Bend del Herengracht. Aquí el ambiente cambia de forma evidente.
Las casas dejan de ser estrechas y altas para convertirse en auténticos
palacetes urbanos, con fachadas más amplias de lo habitual, grandes ventanales
y frontones trabajados que delatan sin disimulo la riqueza de quienes las
mandaron construir en pleno Siglo de Oro holandés.
Muchas de estas mansiones ocupan parcelas dobles y esconden,
tras la línea de edificios, jardines interiores que nada tienen que ver con la
imagen compacta de otras zonas de la ciudad. Era aquí donde residían las
familias más influyentes de Ámsterdam: comerciantes de larga trayectoria,
banqueros y miembros de la élite urbana que hicieron fortuna gracias al
comercio internacional y a la pujanza económica de la época. Más que simples
viviendas, estas casas funcionaban como una declaración de poder y prestigio.
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| Golden Bend |
Caminar por este tramo del canal obliga casi de manera instintiva a bajar el ritmo. La sucesión de fachadas monumentales, los portales sobrios pero imponentes y la amplitud del canal frente a ellas transmiten una sensación de orden y solemnidad que contrasta con otras zonas más animadas de la ciudad. No es difícil imaginar el trasiego de carruajes y sirvientes de entonces, cuando esta franja del Herengracht marcaba la frontera simbólica entre quienes prosperaban… y quienes aspiraban a hacerlo.
JOES KLOPPENBURGBRUK
Nuestro recorrido nos llevaría ahora hasta el Kloppenburgbrug,
uno de esos puentes que, sin ser de los más famosos de la ciudad, acaban
llamando la atención precisamente por su discreción. Se trata de un puente de
los habituales en Ámsterdam, con su estructura basculante y ese aire funcional
que forma parte inseparable del paisaje urbano, más pensado para servir al día
a día que para impresionar al visitante.
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| Joes kloppenburgbruk |
El entorno que lo rodea es tranquilo, con el canal fluyendo bajo nuestros pies y las fachadas alineadas a ambos lados, reflejándose en el agua cuando el viento lo permite. Nos detuvimos unos instantes para observarlo con calma, cruzándolo de un lado a otro casi por pura inercia, antes de continuar la marcha hacia el siguiente punto del itinerario.
ANTIGUA ADUANA
El camino nos devolvería de nuevo hasta la antigua aduana,
ese punto por el que ya habíamos pasado ayer y volvía a cruzarse en nuestro recorrido.
En esta ocasión, sin embargo, la parada tendría un propósito distinto: el reloj
marcaba ya la hora de comer y el cuerpo empezaba a pedir una pausa.
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| Antigua Aduana |
Aprovechamos para sentarnos en el restaurante del propio edificio, el Café In de Waag, instalado en el interior de la histórica construcción. El lugar conserva una atmósfera muy particular, con sus muros gruesos, iluminación cálida y un interior que combina el peso de la piedra con un ambiente agradable y tranquilo. La carta ofrece platos sencillos pero bien preparados —sopas, ensaladas, hamburguesas, carnes y alguna especialidad local— además de buenas cervezas y postres más que cumplidores.
La comida resultó francamente buena y el personal fue en
todo momento atento y amable, facilitando que la parada no se alargara más de
lo necesario pero sí lo suficiente para recuperar fuerzas. Fue una pausa
perfecta para desconectar un poco del ritmo de la mañana antes de retomar el
paseo por Ámsterdam con energías renovadas.
PASEO NOCTURNO POR LOS CANALES
Al salir del restaurante volveríamos a dejarnos llevar por
las calles de Ámsterdam, sin un rumbo especialmente definido, avanzando de
canal en canal y enlazando puentes, plazas y rincones ya conocidos con otros
que iban apareciendo casi por casualidad. Así transcurriría buena parte de la
tarde, alternando paseos tranquilos con pequeñas paradas, hasta que, ya de
noche, terminaríamos acercándonos a las inmediaciones de la estación central.
Fue allí donde decidimos rematar la jornada con un paseo en
barco por los canales. La vez anterior, Raúl y yo lo habíamos hecho de día, de
modo que esta travesía nocturna se presentaba como el contraste perfecto para
ver la ciudad desde otra perspectiva.
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| Paseo Nocturno por los Canales |
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| Paseo Nocturno por los Canales |
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| Paseo Nocturno por los Canales |
El recorrido avanzaría primero junto a la Estación Central y la amplia zona de agua que se abre frente a ella, para después internarse de nuevo en los canales principales. Desde la barca irían apareciendo lugares familiares —la Muntoren, las Casas Danzantes, la Nieuwe Kerk o la propia estación vista desde distintos ángulos—, esta vez iluminados y con un ambiente más tranquilo. Un trayecto sencillo y agradable, sin más pretensión que disfrutar de la ciudad desde el agua para cerrar el día.
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| Paseo Nocturno por los Canales |
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| Paseo Nocturno por los Canales |
Al día siguiente, nuestro vuelo despegaría temprano, sobre las 7, por lo que solo nos quedaba retirarnos a descansar. Ámsterdam nos había vuelto a dejar una magnífica sensación a los que ya la conocíamos y había conquistado a quienes la visitaban por primera vez; es una ciudad que nunca defrauda al visitante.



















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