AMSTERDAM - DIA 01. Reencuentro con la ciudad de Van Gogh, quince años después.

6 de Diciembre de 2025.

Esta vez no me ocurría como en otras ocasiones, en las que tenía la sensación de que el tiempo transcurrido había sido realmente el que había pasado. Al contrario: parecía que había estado en Ámsterdam hacía apenas un mes, y tenía que pellizcarme al constatar que, nada más y nada menos, habían pasado quince años desde aquella primera visita.

Sería junto a mi buen amigo Raúl con quien recorrí por primera vez la que llaman la Venecia del Norte de Europa: paseamos por sus hermosos canales, contemplamos las obras del genio Van Gogh en su ya entonces saturado museo, nos estremecimos con la historia de Ana Frank al visitar su estrecha y diminuta casa, vivimos también los canales desde el agua recorriéndolos en barco y nos quedamos ojipláticos al observar la idiosincrasia del Barrio Rojo, entre muchas otras cosas.

Y es cierto que, habiendo conocido tan bien la ciudad, no teníamos intención de regresar. Pero bastaba una simple propuesta para animarnos de nuevo. Esta llegaría de la mano de Sergio, que también hacía muchos años que no la había vuelto a visitar, y así, de paso, Cristina y Belén podrían conocerla. Sin darnos cuenta, volvíamos a juntarnos los de siempre para realizar una nueva escapada fuera de España, algo más de dos años después de la última, que nos había llevado a Noruega.

La visita sería, en muchos aspectos, similar a la anterior, aunque renunciando a lugares como la casa de Ana Frank o el museo Van Gogh, ya conocidos por varios de nosotros, e incorporando otros nuevos. De este modo, combinando el diario de aquel viaje con el de este, puede obtenerse una visión, creo, bastante completa de una visita a Ámsterdam.

Sin más preámbulos, nuestro viaje comenzaría en el aeropuerto de Barajas, despegando con más de dos horas de retraso respecto a la hora prevista. Teniendo en cuenta que el vuelo estaba programado para las 20:20, no despegaríamos hasta las 22:30, aterrizando en el aeropuerto de la capital de los Países Bajos ya pasada la una de la madrugada. Entre la llegada al hotel y demás trámites, no nos acostaríamos hasta las dos.

Aeropuerto Amsterdam Schiphol

El hotel elegido para pasar las tres noches sería el Qbic Amsterdam WTC, un alojamiento funcional y moderno, situado en la zona de Zuidas, el distrito financiero de la ciudad, bien comunicado con el centro de la ciudad gracias a la cercana estación de metro y tren. No se trataba de un hotel con encanto ni especialmente memorable, pero cumplía sobradamente con lo que buscábamos: un lugar cómodo donde descansar la noche de la llegada y otras dos largas jornadas de paseo.

Hotel Qbic Amsterdam WTC

A esas horas intempestivas, la llegada se hizo casi automática, con pocas conversaciones y el cansancio acumulado marcando el ritmo. El retraso del vuelo y lo avanzado de la noche se hacían notar.

No obstante, ya sabéis muchos de los que me seguís que me basta salir de Madrid para recargar energías y que mi filosofía cuando estoy fuera es que ya dormiré cuando vuelva, porque hay que aprovechar el tiempo al máximo. Dicho y hecho: con menos de seis horas de descanso, empezaba el primer día en Ámsterdam para algunos de nosotros, siguiendo la ruta que se puede ver a continuación.

RIJKSMUSEUM

Efectivamente, esta primera visita solo la realizaríamos Sergio, Cristina y yo, pues Raúl y Belén estaban demasiado cansados para hacer el esfuerzo de madrugar. Y es que a las 08:30 ya estábamos tomando el tranvía que, en apenas cinco paradas, nos dejaría a las puertas del Rijksmuseum.

Para movernos por Ámsterdam decidimos comprar por internet un billete de transporte de 48 horas, que nos permitiría utilizar de forma ilimitada tranvías, metro y autobuses por un precio de 22 euros. Resulta rentable en cuanto tienes que ir y volver desde el hotel al centro y realizar un par de trayectos más, teniendo en cuenta que el precio del billete sencillo ronda los cuatro euros.

El Rijksmuseum, el museo nacional de los Países Bajos, abrió sus puertas a las nueve de la mañana, momento en el que accedimos a su imponente edificio. Inaugurado en 1885 y diseñado por el arquitecto Pierre Cuypers, combina elementos neogóticos y renacentistas, y constituye en sí mismo una obra de arte. Tras una profunda remodelación que se prolongó durante más de una década, el museo reabrió en 2013, recuperando su esplendor original y adaptándose a las exigencias museísticas actuales.

Rijksmuseum

En su interior se recorre buena parte de la historia del país, desde la Edad Media hasta el siglo XX, con especial protagonismo del Siglo de Oro neerlandés. Obras de Rembrandt, Vermeer o Frans Hals conviven con colecciones de artes decorativas, maquetas, armas, pinturas y esculturas que ayudan a contextualizar la evolución histórica y cultural de los Países Bajos.

Rijksmuseum

En nuestro caso, y dado que a las 10:30 habíamos quedado con Raúl y Belén, solo disponíamos de una hora y media para la visita. Por ello decidimos centrarnos en una selección de algunas de las obras más destacadas del museo, dejando de lado un recorrido exhaustivo que, sin duda, requeriría mucho más tiempo.

Las obras que elegiríamos serían las siguientes:

Ronda de Noche de Rembrandt. Es la obra más célebre del Rijksmuseum y una de las pinturas más importantes de la historia del arte neerlandés. Fue realizada en 1642 como encargo de la compañía de arcabuceros del capitán Frans Banning Cocq, una milicia cívica de Ámsterdam, destinada a decorar su sede. Se trata de un óleo sobre lienzo de grandes dimensiones en el que Rembrandt rompe con la representación estática habitual de este tipo de retratos colectivos. En lugar de mostrar a los miembros de la milicia alineados y posando, los presenta en pleno movimiento, como si estuvieran a punto de iniciar una acción. El capitán Banning Cocq aparece en primer plano, vestido de negro, acompañado por su teniente, Willem van Ruytenburch, con un llamativo atuendo claro que atrae la luz. El uso magistral del claroscuro dirige la mirada del espectador hacia los personajes principales, creando profundidad y dinamismo, mientras el resto de figuras emergen de la penumbra. Aunque tradicionalmente se la conoce como La ronda de noche, la escena no transcurre realmente de noche, sino que el oscurecimiento del cuadro se debió al paso del tiempo y al barniz aplicado, que durante siglos alteró su apariencia original. La obra supuso una ruptura con las convenciones del género y no fue del todo bien recibida por algunos de los retratados, que quedaron parcialmente ocultos. Con el tiempo, sin embargo, se convirtió en un símbolo de la Edad de Oro neerlandesa y en la pieza central de la colección del Rijksmuseum.

Ronda de Noche de Rembrandt. Rijksmuseum

Los Síndicos del gremio de pañeros de Rembrandt. Pintado en 1662, es uno de los grandes retratos colectivos del Siglo de Oro neerlandés y una de las obras más destacadas de la etapa madura del pintor. La escena muestra a los miembros del gremio encargados de inspeccionar la calidad de los paños, representados en el momento en que parecen interrumpir su trabajo para mirar al espectador. Rembrandt logra una composición equilibrada y natural, dotando a cada figura de individualidad sin perder la unidad del grupo. El uso sobrio del color, la iluminación precisa y la fuerza expresiva de los rostros refuerzan la sensación de autoridad y dignidad que transmite la obra.

Síndicos del Gremio de Pañeros de Rembrandt. Rijksmuseum

Autorretrato de Rembrandt. Realizado en 1628, pertenece a los primeros años de la carrera del pintor, cuando todavía residía en Leiden. Se trata de una obra de pequeño formato en la que Rembrandt se representa a sí mismo con gesto serio y expresión introspectiva. El uso del claroscuro es ya muy marcado, con gran parte del rostro sumido en la sombra, lo que evidencia su temprana experimentación con la luz y la influencia del caravaggismo. Este autorretrato forma parte de una extensa serie en la que el artista se retrató a lo largo de su vida, convirtiéndose en un testimonio excepcional de su evolución personal y artística.

Autorretrato de Rembrandt. Rijksmuseum

La Lechera de Vermeer. Es una de las obras más conocidas del pintor y uno de los grandes ejemplos de la pintura de género del Siglo de Oro neerlandés. Fue realizada hacia 1658-1660 y representa a una criada vertiendo leche con total concentración en una estancia doméstica. La escena destaca por su aparente sencillez y por el extraordinario tratamiento de la luz, que entra por la ventana lateral e ilumina la figura y los objetos con gran precisión. Vermeer presta especial atención a las texturas, desde el pan y la cerámica hasta la pared del fondo, creando una atmósfera de calma y recogimiento. La obra transmite dignidad y serenidad en una escena cotidiana, algo característico del autor.

La Lechera de Vermeer

La Callejuela de Vermeer. Pintada hacia 1657-1658, muestra una escena cotidiana de una calle de Delft, ciudad natal del pintor. Vermeer representa con gran precisión arquitectónica las fachadas y el espacio urbano, al tiempo que introduce pequeñas figuras femeninas en actividades domésticas. La obra destaca por su atmósfera tranquila y por la atención al detalle, convirtiendo una escena humilde en un motivo de gran fuerza pictórica.

Autorretrato de Van Gogh. Realizado en 1887, pertenece a su etapa parisina, cuando el pintor experimentaba intensamente con el color y la pincelada. Van Gogh se representa con una mirada fija y directa, utilizando pinceladas cortas y vibrantes que transmiten tensión y energía. El fondo y el rostro parecen fundirse, anticipando el estilo expresivo que marcaría sus años posteriores.

Autorretrato de Van Gogh. Rijksmuseum

Compañía de milicias del distrito VIII en Ámsterdam comandada por el capitán Roelof Bicker de Van der Helst. Este óleo, pintado a mediados del siglo XVII, retrata a los miembros de la milicia cívica de Ámsterdam, un grupo de ciudadanos responsables de la defensa de la ciudad y de mantener cierto orden público. La composición refleja la jerarquía y la función social de cada individuo, con el capitán Roelof Bicker situado de manera prominente para remarcar su liderazgo. Van der Helst, conocido por su precisión y atención al detalle, consigue transmitir tanto la solemnidad del acto como la individualidad de cada retratado, ofreciendo una ventana directa al contexto social y político de la Ámsterdam del Siglo de Oro.

Compañía de Milicias del Distrito VIII en Amsterdam de Van der Helst. Rijksmuseum

La Guardia cívica de Ámsterdam celebra la Paz de Münster de Van der Helst. Pintado en 1648, conmemora el tratado que puso fin a la Guerra de los Ochenta Años entre los Países Bajos y España. La obra muestra a los miembros de la milicia en un ambiente festivo, con una composición clara y luminosa. Frente al dramatismo de Rembrandt, Van der Helst opta por una representación más detallada y accesible, lo que explica el gran éxito que tuvo en su época.

Celebración de la Paz de Münster de Van der Helst. Rijksmuseum

La batalla de Waterloo de Pieneman. Realizada en la primera mitad del siglo XIX, representa el enfrentamiento decisivo de 1815 que supuso la derrota definitiva de Napoleón. El cuadro se centra en el momento en que el príncipe de Orange resulta herido, rodeado de oficiales y soldados. Se trata de una pintura de gran formato y carácter épico, pensada para exaltar el heroísmo y la memoria histórica.

La Batalla de Waterloo de Pieneman. Rijksmuseum

La pluma flotante de Hondecoeter. Esta obra muestra varias aves acuáticas en un entorno natural, con especial atención al movimiento y al realismo del plumaje. Hondecoeter fue uno de los grandes especialistas en pintura de animales del siglo XVII, y en este cuadro demuestra su capacidad para dotar de vida y dinamismo a una escena aparentemente tranquila.

La Pluma Flotante de Hondecoeter. Rijksmuseum

La fiesta de San Nicolás de Jan Steen. Pintada hacia 1665, representa una escena doméstica llena de detalles y expresividad. Los niños reaccionan con alegría o decepción ante los regalos del santo, mientras los adultos observan la escena. Jan Steen combina humor y crítica moral, mostrando el desorden y las emociones humanas con un tono cercano y vivaz.

La Fiesta de San Nicolás de Jan Steen. Rijksmuseum

Entre las muchas obras que no pudimos ver se encontraban El cisne amenazado, de Jan Asselijn, que se encontraba en proceso de restauración, y El bebedor alegre, de Frans Hals, cedido temporalmente a otra institución.

La visita terminó en uno de los espacios más singulares del museo, la Cuypersbibliotheek, la biblioteca del Rijksmuseum. Diseñada junto con el propio edificio por Pierre Cuypers y abierta al público desde finales del siglo XIX, es la mayor biblioteca de historia del arte de los Países Bajos. Su estructura de varios niveles, con galerías metálicas y estanterías abiertas, conserva intacto el aire original de la época y sorprende tanto por su tamaño como por su elegancia. Más allá de su función, es uno de esos lugares que invitan a detenerse y observar, incluso sin consultar un solo libro.

Biblioteca Cuypers. Rijksmuseum

Muy cerca se encuentra la gran maqueta del barco William Rex, uno de los modelos navales más impresionantes del museo. Se trata de un enorme navío de guerra de finales del siglo XVII, reproducido con un nivel de detalle extraordinario que permite apreciar la disposición de los cañones, las cubiertas, los mástiles y la ornamentación de la popa. La maqueta refleja la importancia que tuvo la marina en el poder y la expansión de los Países Bajos, y ayuda a comprender el papel fundamental del mar en su historia económica y militar.

Maqueta del Barco William Rex. Rijksmuseum

Y así, sin casi enterarnos y con quince minutos de retraso respecto a la hora a la que habíamos quedado con Belén y Raúl, tuvimos que dejar atrás este fascinante museo.

SPIEGELGRACHT

Ya todos juntos, nos dirigimos hacia Spiegelgracht, uno de los canales más singulares de Ámsterdam. Abierto en el siglo XVII, forma parte del gran proyecto de ampliación urbana que dio lugar al famoso cinturón de canales, y conecta directamente con Prinsengracht en uno de los cruces más reconocibles de la ciudad.

Canal Spiegelgracht

Desde este punto se obtiene una de las vistas más clásicas de Ámsterdam: el eje visual que une Spiegelgracht con el Rijksmuseum, atravesando el canal y culminando en la fachada del edificio. Este alineamiento urbano, cuidadosamente planificado, resume como pocos lugares la relación entre arquitectura, agua y ciudad que define a Ámsterdam. A ambos lados del canal se suceden casas estrechas, antiguas galerías de arte y comercios tradicionales, reforzando la sensación de estar recorriendo un espacio plenamente integrado en la historia y la vida cotidiana de la ciudad.

PRINSENGRACHT

Desde allí continuamos hacia Prinsengracht, el más largo de los grandes canales del cinturón histórico y uno de los que mejor define la estructura de Ámsterdam. Abierto en el siglo XVII como parte del ambicioso plan de expansión de la ciudad, recorre el centro describiendo una amplia curva paralela a Keizersgracht y Herengracht, formando ese trazado en semicírculo tan característico que rodea el casco antiguo.

Canal Prinsengracht

A ambos lados del canal se suceden las fachadas estrechas de las casas tradicionales, muchas de ellas inclinadas hacia delante, recordando su origen mercantil y la necesidad de aprovechar cada metro disponible.

Canal Prinsengracht

Estos primeros paseos al lado de los canales nos harían recordar a Raúl y a mí la primera estancia en Ámsterdam, con quince años menos, aunque sinceramente parecía que había sido ayer.

WESTERKERK

A continuación, el recorrido nos llevaría hasta la Westerkerk, una de las iglesias protestantes más importantes de Ámsterdam y una de las primeras construidas tras la Reforma. Fue levantada entre 1620 y 1631, en pleno Siglo de Oro neerlandés, en un momento de fuerte crecimiento urbano y económico de la ciudad. Su construcción respondió a la necesidad de dotar a los nuevos barrios occidentales de un gran templo acorde con la importancia que Ámsterdam estaba adquiriendo.

Westerkerk

El edificio, de estilo renacentista neerlandés, destaca por su sobriedad exterior y por la monumentalidad de su torre, la Westertoren, que con sus 85 metros se convirtió durante siglos en uno de los puntos más altos de la ciudad. La torre no solo tenía una función religiosa, sino también simbólica y práctica, sirviendo como referencia visual y punto de orientación en una ciudad atravesada por canales. En su remate superior luce la corona imperial, concedida a Ámsterdam por el emperador Maximiliano I como reconocimiento a su importancia.

Westerkerk

La Westerkerk está además estrechamente vinculada a figuras clave de la historia cultural de la ciudad.  Por ejemplo, aquí fue enterrado Rembrandt en 1669, aunque en una tumba sin identificar, como era habitual en la época.

Nuestra intención era entrar en la iglesia y, sobre todo, subir a la torre para disfrutar de las vistas del centro histórico. Sin embargo, como ya ocurriera en la visita anterior, no fue posible. El acceso se limita a los meses de primavera y verano, por lo que tanto la iglesia como la torre permanecían cerradas. La visita quedó reducida así a recorrer su entorno y contemplar el edificio desde el exterior antes de continuar con el paseo.

CASA DE ANA FRANK

Nuestro paseo nos llevó inevitablemente a pasar frente a la Casa de Ana Frank, uno de los lugares más conocidos y visitados de Ámsterdam, famosa por haber sido el escondite donde la joven escribió el diario que se convertiría en uno de los testimonios más leídos sobre la persecución nazi durante la Segunda Guerra Mundial. La sencilla fachada del edificio, situada en Prinsengracht, contrasta con la enorme carga histórica que encierra y que convierte este punto en una parada casi obligada para cualquiera que recorra la ciudad.

Casa de Ana Frank

En esta ocasión, sin embargo, no volveríamos a entrar. Raúl y yo conservábamos un recuerdo muy nítido de la visita realizada años atrás, y el resto del grupo tampoco tenía especial interés en hacerlo, por lo que nos limitamos a detenernos brevemente en el exterior antes de continuar nuestro recorrido. Tras ese breve alto, seguimos caminando hacia el siguiente punto de interés, dejando atrás uno de los lugares más sobrecogedores de la ciudad.

LELIEGRACHT

Dejando atrás la Casa de Ana Frank, continuamos nuestro paseo por Leliegracht, uno de los canales más pequeños y tranquilos del cinturón occidental de Ámsterdam. Abierto también en el siglo XVII, discurre de forma paralela a Prinsengracht y forma parte del mismo proyecto de expansión urbana que dio forma a esta zona de la ciudad. Su nombre, que hace referencia al lirio, ya anticipa el carácter más apacible del lugar.

Lesliegracht

A diferencia de los canales más amplios y transitados, Leliegracht conserva un ambiente más sereno, con menos tráfico de embarcaciones y un ritmo claramente más pausado. Las fachadas de las casas, estrechas y alineadas directamente sobre el agua, refuerzan la sensación de cercanía y de vida cotidiana, alejadas del bullicio turístico de otras zonas.

KEIZERSGRACHT

Desde allí alcanzamos Keizersgracht, el segundo de los grandes canales del cinturón histórico y uno de los más elegantes de la ciudad. Abierto también en el siglo XVII, toma su nombre del emperador Maximiliano I y forma parte del trazado concéntrico que rodea el centro histórico, paralelo a Prinsengracht y Herengracht. Su anchura y la regularidad de su recorrido le dan una presencia más solemne, reforzada por las fachadas de mayor porte que se alinean a ambos lados.

Keizersgracht

A lo largo de Keizersgracht se concentran algunas de las casas más representativas de la Ámsterdam del Siglo de Oro, muchas de ellas antiguas residencias de comerciantes acomodados, reconocibles por sus frontones y proporciones más generosas. El canal transmite una sensación de orden y continuidad, con una sucesión casi rítmica de puentes que marcan el paso y estructuran el paseo.

Caminar de nuevo junto a Keizersgracht nos traería inevitablemente, a varios de nosotros, recuerdos de la visita de años atrás, cuando ya habíamos recorrido este mismo canal y cruzado varios de sus puentes, convirtiéndose en uno de esos lugares que ayudan a orientarse y a recomponer mentalmente la ciudad a medida que avanzábamos.

PLAZA DAM

Pronto llegaríamos de nuevo a la plaza Dam, auténtico corazón de Ámsterdam y punto donde la ciudad parece concentrar el pulso de sus calles y canales. Esta vez pudimos disfrutarla sin obstáculos, abierta por completo ante nosotros, sin la feria ni las estructuras provisionales que, en aquella primera visita, ocultaban parte de su amplitud. La plaza se nos ofrecía ahora en todo su esplendor geométrico, casi solemne, permitiendo apreciar mejor la proporción entre sus edificios y el gran espacio vacío que los separa.

Plaza Dam

El Palacio Real dominaba el conjunto con su imponente fachada clasicista. Resulta curioso recordar que, pese a su nombre, nació como ayuntamiento en el siglo XVII, cuando Ámsterdam era la capital económica del mundo y los regidores querían un edificio que simbolizara el poder de la burguesía mercantil. La piedra arenisca, traída desde Alemania, le da ese tono ligeramente dorado que cambia según la luz; y las esculturas alegóricas del frontón, dedicadas al comercio y la navegación, recuerdan la época dorada de la ciudad más que cualquier tapiz interior.

Palacio Real. Plaza Dam

Frente a él, la Nieuwe Kerk parecía acompañarlo en silencio, despojada ya de toda función religiosa pero convertida en escenario de coronaciones y exposiciones, casi como si hubiera asumido el papel de templo civil de los tiempos modernos.

Nieuwe Kerk

En el centro, el National Monument se alzaba más sobrio de lo que lo recordábamos. Más allá de su discutible estética, su simbolismo —memoria, pérdida, reconstrucción— sigue otorgándole una presencia inevitable en la plaza. Y, como en la ocasión anterior, volvimos a dudar brevemente sobre la posibilidad de entrar tanto al Palacio Real como a la Iglesia Nueva. Sin embargo, al final la historia se repetiría: preferimos observarlos desde fuera, caminar su entorno y dejarnos llevar por la vida que fluye alrededor. No nos importó en absoluto; quizá porque, al igual que entonces, sentíamos que Ámsterdam se entiende mejor a cielo abierto, avanzando a pie, dejando que cada rincón vaya encajando en el recuerdo.

National Monument. Plaza Dam

Detrás del palacio, la Magna Plaza volvía a sorprendernos por su peculiar arquitectura neogótica y neorrenacentista, con ese aire de catedral comercial que delata el pasado de oficina de correos y la mano de un arquitecto acostumbrado a diseñar templos. Sus arcos, torres y detalles ornamentales parecen un capricho estético en mitad del centro urbano, un recordatorio de que en esta ciudad incluso los edificios funcionales destacan sobremanera.

BEGIJNHOF

Nuestro paseo continuaría hacia uno de esos lugares capaces de detener el ritmo frenético de la ciudad casi de forma mágica: el Begijnhof. Cruzar su discreta entrada siempre produce la misma sensación de extrañeza, como si uno se colara en un mundo aparte. Ya habíamos estado aquí años atrás, pero volver significaba reencontrarse con ese silencio contenido que parece resistir a cualquier época, como si nada hubiera cambiado salvo nosotros.

El recinto conserva el trazado íntimo de las antiguas comunidades de beguinas, aquellas mujeres laicas que, sin pertenecer a una orden religiosa, compartían vida y trabajo bajo unas normas propias. No hacían votos perpetuos y podían abandonar el lugar cuando lo considerasen, pero durante siglos levantaron aquí una pequeña red solidaria: cuidaban enfermos, atendían a los más pobres y contribuían a sostener la vida social de la ciudad cuando el Estado aún no existía como tal. Paseando entre las fachadas inclinadas y los jardines cuidados, resulta fácil imaginar esa vida austera, discreta y, al mismo tiempo, profundamente organizada.

Begijnhof o El Noviciado

A diferencia de nuestra primera visita, en esta ocasión tendríamos tiempo de entrar en los dos templos que se enfrentan dentro del patio. Por un lado, la antigua iglesia católica, sobria y recogida, convertida en refugio espiritual en tiempos en que el culto no era permitido a plena luz del día. Su interior, modesto pero cargado de simbolismo, conserva el aire de un cristianismo vivido en voz baja.

Iglesia Católica. Begijnhof

En el extremo opuesto, la iglesia reformada presenta un espacio más desnudo y luminoso, acorde con la tradición protestante. Sin exceso de ornamentos, invita a observar el conjunto arquitectónico más que el detalle, casi como si el edificio quisiera subrayar el paso de los siglos antes que impresionar al visitante.

Iglesia Luterana. Begijnhof

MUNTPLEIN

La siguiente parada la haríamos en Muntplein, uno de esos cruces urbanos donde Ámsterdam parece condensarse en pocos metros. El bullicio del tranvía, el continuo flujo de bicicletas y el ir y venir de la gente crean un pequeño caos ordenado que, lejos de molestar, forma parte de la identidad del lugar. Volver a pisar esta plaza nos traería de golpe recuerdos del viaje anterior, cuando también la atravesamos casi sin darnos cuenta, como si fuese simplemente un paso intermedio entre dos puntos del mapa. Ahora, en cambio, decidimos detenernos un poco más y mirarla con otros ojos.

La torre que domina el espacio, la Munttoren, impone su presencia con esa mezcla de elegancia y austeridad tan propia de la arquitectura neerlandesa. Nació como parte de las antiguas murallas medievales y, tras un incendio y varias reconstrucciones, terminó convertida en torre del reloj y campanario. Durante siglos marcó el límite de la ciudad y fue también lugar donde se acuñaba moneda, de ahí su nombre.

Munttoren o Torre de la Moneda

Desde la plaza parten varios ejes fundamentales del centro histórico, y no cuesta demasiado comprender por qué este punto funciona casi como una bisagra entre zonas completamente diferentes: por un lado, el anillo de canales, más reposado y residencial; por otro, las calles comerciales que conducen hacia el corazón más concurrido de la ciudad.

MERCADO DE LAS FLORES

Y a solo unos metros nos toparíamos con el célebre Mercado de las Flores, alineado a lo largo del Singel y considerado uno de los lugares más singulares de Ámsterdam. Sus puestos flotantes, instalados sobre antiguas barcazas ancladas al canal, recuerdan el pasado comercial de la ciudad, cuando los viveros traían aquí sus plantas en barcos desde las zonas rurales de los alrededores. Hoy en día el mercado mantiene esa estructura tradicional, aunque gran parte de la actividad se ha orientado al visitante extranjero, con bulbos de tulipán empaquetados, semillas y recuerdos de todo tipo que conviven con algunos puestos más auténticos, donde todavía se respira el oficio de los antiguos floricultores.

Bloemenmarkt o Mercado de las Flores

Aun con su evidente carácter turístico, el lugar conserva cierto atractivo por su ubicación y por la sucesión de colores y aromas que rompe por un momento la monotonía urbana. En nuestro caso, la visita fue más de reconocimiento que de compra: un breve paseo entre los puestos, alguna mirada curiosa a los ramos y bulbos expuestos y, tras ello, continuar el recorrido junto al canal en dirección a nuestro siguiente punto de interés.

Bloemenmarkt o Mercado de las Flores

BEURSPASSAGE

Desde el mercado de las flores continuaríamos nuestro paseo hasta el Beurspassage, uno de esos lugares que a primera vista parece un simple pasadizo comercial pero que, al atravesarlo con calma, revela un diseño sorprendentemente elaborado. Este corredor peatonal conecta dos de las arterias más transitadas del centro —Nieuwezijds Voorburgwal y Damrak— y fue renovado hace pocos años con una intervención artística que lo ha convertido casi en una galería urbana.

Su bóveda recubierta de mosaicos, inspirada en el agua, el comercio y la historia marítima de Ámsterdam, crea un efecto visual muy particular, como si el paseante caminara bajo el interior de un gigantesco canal invertido. Suelos, paredes y lámparas siguen la misma temática, integrando motivos relacionados con la vida cotidiana de la ciudad y con su pasado portuario. No deja de resultar curioso que un espacio concebido únicamente como lugar de paso haya terminado por convertirse en un punto de interés en sí mismo, atrayendo a turistas y curiosos que se detienen unos minutos a observar los detalles antes de continuar su camino hacia Dam o hacia la Estación Central.

Beurspassage

En nuestro caso, la visita fue breve pero suficiente para apreciar el contraste entre el bullicio exterior y este pequeño pasaje decorado con una estética tan singular, otra muestra más de cómo Ámsterdam es capaz de combinar funcionalidad y simbolismo incluso en sus rincones más secundarios.

DAMRAK

Desde el Beurspassage saldríamos directamente a Damrak, la gran avenida que une la Estación Central con la plaza Dam y que funciona como auténtica puerta de entrada a Ámsterdam para quienes llegan en tren. Originalmente, esta amplia arteria no era una calle sino un brazo del río Amstel, parcialmente canalizado y rellenado a finales del siglo XIX para mejorar las comunicaciones con el nuevo frente ferroviario. De ese pasado portuario aún queda la alineación de casas estrechas y ligeramente inclinadas que se reflejan en el agua del pequeño embarcadero situado en su tramo inicial, una de las estampas más reconocibles de la ciudad.

Damrak

Nuestro paso por Damrak no fue tanto una visita en sí misma como un tránsito lógico dentro del itinerario, aunque suficiente para recuperar la sensación de estar recorriendo uno de los ejes más antiguos y concurridos del centro histórico.

HENRI WILLIG CHEESE SHOP

Antes de abandonar la zona, haríamos una breve parada en una de las tiendas de la cadena Henri Willig Cheese Shop, esos templos del queso neerlandés que parecen a medio camino entre comercio tradicional y espacio de degustación. La visita, más que una compra improvisada, terminó convirtiéndose en un pequeño ritual: bandejas repletas de quesos cortados en dados —jóvenes, curados, ahumados, con hierbas, con mostaza o incluso con trufa— invitaban a probar y comparar sabores mientras los dependientes explicaban, con la habitual eficiencia holandesa, los distintos procesos de maduración.

Henri Willig Cheese Shop

Entre bocado y bocado, fuimos cayendo en la tentación y acabamos comprando algunos de ellos para llevarnos un pedacito de Ámsterdam de vuelta a casa. No era una parada imprescindible desde el punto de vista histórico, pero sí una de esas experiencias sencillas que ayudan a conectar con la vida cotidiana del país.

Con el estómago ya ligeramente entretenido, decidimos hacer una pausa más formal para comer en un restaurante italiano cercano. La idea no era complicarnos demasiado, sino recuperar fuerzas y sentarnos un rato después de toda la mañana de caminata. Entre platos de pasta y pizza, el descanso vino de maravilla para desconectar durante un rato del ritmo del paseo y preparar el cuerpo —y la cabeza— para afrontar la intensa tarde que aún teníamos por delante.

OUDE KERK

Tras ese merecido descanso, reanudaríamos el recorrido dirigiéndonos hacia una de las construcciones más antiguas y cargadas de simbolismo de la ciudad: la Oude Kerk, situada en pleno corazón del barrio más controvertido y, al mismo tiempo, más auténtico de Ámsterdam. Resulta casi paradójico que el edificio religioso más antiguo de la capital se encuentre rodeado de escaparates iluminados y neones rojos, pero precisamente esa contradicción forma parte de la identidad de la ciudad y de su particular manera de convivir con la historia y con lo cotidiano.

Fundada a comienzos del siglo XIV como una sencilla iglesia de madera y ampliada progresivamente durante los siglos siguientes, la Oude Kerk acabó convirtiéndose en un gran templo gótico de planta basilical, con un interior amplio y sobrio marcado por la Reforma Protestante. Buena parte de la decoración original desapareció en la iconoclasia del siglo XVI, lo que deja hoy un espacio casi desnudo, sostenido por columnas de piedra y cubierto por una espectacular techumbre de madera que se cuenta entre las más antiguas de Europa.

Oude Kerk

Oude Kerk

Más allá de su arquitectura, el lugar conserva también una fuerte carga histórica: en su interior reposan comerciantes, navegantes y vecinos ilustres de la ciudad, reflejo de aquella Ámsterdam mercantil que creció al ritmo del comercio marítimo.

En nuestro caso, la visita fue principalmente exterior, recorriendo su perímetro y deteniéndonos a observar con calma la fachada, la torre y la singular atmósfera que envuelve toda la plaza.

BARRIO ROJO

Desde la Oude Kerk nos adentraríamos ya de lleno en el Barrio Rojo, probablemente la zona más famosa —y polémica— de Ámsterdam. Resulta imposible caminar por sus calles estrechas sin sentir una mezcla de sorpresa, curiosidad y cierta perplejidad, sobre todo cuando uno llega por primera vez. Las fachadas históricas del centro medieval conviven aquí con los escaparates iluminados en rojo donde las prostitutas, de pie tras el cristal, ofrecen sus servicios con absoluta naturalidad, formando parte del paisaje urbano como si se tratase de cualquier otra actividad comercial.

Barrio Rojo

El barrio lleva siglos asociado al mundo de la prostitución, vinculado en sus orígenes al trasiego de marineros y comerciantes que llegaban al puerto. Con el tiempo, la ciudad optó por regular en lugar de esconder la actividad, concentrándola en esta zona y sometiéndola a licencias, controles sanitarios y medidas de seguridad. La imagen puede resultar chocante, pero responde a una mentalidad muy pragmática: más vale tenerlo visible, regulado y fiscalizado que relegado a la clandestinidad.

Barrio Rojo

Junto a los escaparates aparecen también los inevitables sex shops, museos temáticos y locales dedicados al erotismo, formando una especie de ecosistema turístico que convive, no sin tensiones, con la vida vecinal del barrio. A ello se suman los coffee shops, esos establecimientos donde la venta y consumo de cannabis —pasteles incluidos— se permite bajo la conocida política de “tolerancia”. Técnicamente la droga no es legal, pero su posesión en pequeñas cantidades está despenalizada y su venta regulada dentro de ciertos límites, otro ejemplo de esa manera tan particular que tiene Holanda de gestionar los dilemas sociales.

Volver a recorrer estas calles nos trajo inevitablemente recuerdos del primer viaje. Entonces, Raúl y yo nos quedamos literalmente boquiabiertos, incapaces de asimilar de golpe aquella escena tan inusual para quienes veníamos de una cultura mucho más pudorosa en estos temas. En esta ocasión, el paseo fue más pausado, observando el ambiente con cierta distancia, sin la sorpresa de la primera vez pero con la misma sensación de estar ante un lugar único, tan controvertido como genuinamente ligado a la identidad de Ámsterdam.

ANTIGUA ADUANA

Desde allí pondríamos rumbo hacia los restos de la antigua aduana de la ciudad, de la que hoy apenas se conserva su puerta, integrada en el tejido urbano casi como un fragmento aislado del pasado. A primera vista puede pasar desapercibida, pero si uno se detiene un momento se percibe claramente su origen: piedra más robusta, formas defensivas y ese aire de estructura fronteriza que marcaba el límite entre la ciudad y el mundo exterior.

Antigua Aduana

En su época, este acceso estaba ligado al control del comercio fluvial y portuario, cuando Ámsterdam crecía al ritmo de los barcos mercantes y cada bien que entraba o salía debía registrarse y gravarse. No era solo una cuestión fiscal, sino también de seguridad y de organización de la actividad económica, en una ciudad que basó buena parte de su prosperidad en el tráfico marítimo y las rutas comerciales del norte de Europa.

La parada no nos llevó demasiado tiempo, pero sí resultó interesante como contrapunto histórico dentro del recorrido, recordándonos que, antes de ser la ciudad abierta y expansiva que conocemos hoy, Ámsterdam fue también un espacio delimitado, vigilado y profundamente dependiente de su actividad comercial.

CASA MAS ESTRECHA

A pocos pasos de la antigua aduana nos encontramos con otra de esas curiosidades que Ámsterdam parece acumular por simple lógica del espacio urbano: la casa más estrecha de la ciudad, en Oudekennissteeg 17. Desde fuera impresiona no tanto por su altura, sino por la extrema delgadez de su fachada, casi como si el edificio fuera un simple resquicio entre sus vecinos.

Casa más Estrecha de Amsterdam

La explicación de esta rareza tiene que ver con la manera tradicional de gravar las viviendas: durante siglos el impuesto se calculaba en función del ancho de la fachada, no de la superficie total. Eso llevó a muchos propietarios a construir fachadas mínimas lo más estrechas posible, y luego profundizar en el interior para aprovechar todo el espacio habitable que permitía la parcela. La casa de Oudekennissteeg ejemplifica ese rasgo urbano tan particular: una postal visual de cómo la lógica fiscal y la escasez de terreno terminaron por moldear la fisonomía de muchos edificios de la ciudad.

No es una “atracción turística” al uso, pero sí un punto curioso que invita a detenerse un momento.

BELUSHI´S

Para entonces dábamos por cerradas las visitas del día y el paseo nos llevó de nuevo a los alrededores de la Plaza Dam. Nos sentamos en un bar cercano y tomamos unos mojitos, algo que nos vino de maravilla para desconectar y comentar todo lo que habíamos visto durante la jornada.

Navidad en Plaza Dam

Navidad en Palacio Real. Plaza Dam

Con las fuerzas algo recuperadas, pusimos rumbo a Warmoesstraat 129, donde se encuentra Belushi’s. El lugar ofrecía justo lo que necesitábamos a esas alturas del día: un ambiente informal, mesas largas, música de fondo y un personal atento que facilitaba que todo marchara sin complicaciones. Entre conversación y buen humor fueron cayendo varias rondas de cerveza y un par de cestas de pollo crujiente y aros de cebolla, suficientes para compartir y para cerrar la jornada con algo contundente. La tarde-noche transcurrió allí sin prisas, con ese cansancio agradable que confirma que el día no podía haberse aprovechado mejor.


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