Tras haber pasado cinco dias descubriendo la provincia de Tarragona, diario que se puede consultar en la pestaña respectiva, y antes de seguir rumbo a Madrid, nos parecería buena idea hacer una parada en la capital leridana, pues no sabíamos cuando volveríamos a tener una oportunidad para ello. Dicho y hecho y tras haber pasado una parte de la mañana en otros lugares tarraconenses, llegaríamos a Lérida dispuestos a conocer sus principales monumentos.
Desde el corazón de Al –Andalus, los árabes de Cordoba la llamaron Larida, la ciudad lejana. Y sin embargo ahí está Lérida, a mano en la tierra llana, entre frutales y el paso de todos. Tan abierta, que tuvo que fortificarse, para resguardarse de las amenazas. Aunque de poco sirvió debido a una historia marcada por las arremetidas guerreras.
Todas nuestras miradas y propósitos en la capital ilerdense se iban a centrar prioritariamente en la fabulosa Seu Vella que se levanta sobre la Roca Mitjana y en los restos de la fortaleza que Felipe V construyera sobre el viejo castillo musulmán y cristiano. Son uno de los conjuntos monumentales más impresionantes de toda Cataluña. Quedan como recuerdo de la construcción defensiva las antiguas murallas borbónicas y las tres torres rectangulares del Castillo Real, volado en 1812. Popularme esta edificación es conocida como La Suda.