NUEVA YORK - DIA 01. Introducción. Porqué Nueva York y alguna que otra divagación

12 de Julio de 2008.

Es casi imposible hablar sobre Nueva York sin mencionar algo que no se haya dicho o escrito ya, o sin caer en los tópicos más frecuentes, pues al fin y al cabo es la ciudad que más sale en las películas, sobre la que más se escribe y a la que más fotografías se le hacen. Es por ello que no es esa mi intención en las líneas que siguen a continuación.

De la ciudad de los rascacielos se pueden encontrar miles de guías, artículos, blogs y libros y por tanto no creo que este diario pueda aportar nada nuevo a toda la información que se recoge en todos aquellos y más teniendo en cuenta que las vivencias de este viaje están escritas años después, siendo, seguramente, diferentes la manera de acceder a determinados lugares o la forma de realizar algunas visitas, los precios y otras muchas cosas.

Por tanto lo único que pretendo con este diario es contar mi historia, narrar y así recordar la estupenda semana que pasaría con unos buenos amigos por la gran manzana, disfrutando de muchos de los lugares memorables que tantas veces habíamos podido ver en las películas.

Estatua de la Libertad

Tengo que decir que Nueva York sería mi primer destino fuera del viejo continente, con el que comenzaría mis viajes por el mundo, por lo que es un lugar que para mí es especial.

Dos serían los motivos por los que elegí este punto del mapa para salir por vez primera de Europa. Por un lado que, sin comerlo ni beberlo, me encontraría con esa propuesta de Isabel y Alberto, unos amigos de toda la vida, lanzándonos este órdago a Carolina, otra amiga, y a mí, lo que, ante semejante proposición indecente, era muy complicado decir que no.

Por otro lado, es cierto que durante muchos años sería el destino más deseado y que por la economía, el tiempo, o simplemente la vida, no me había permitido conocer.

No tengo claro por qué siempre me obsesioné con ella, o tal vez sí, y es que es ese sitio que antes de visitarlo ya lo conoces porque lo has visto en infinidad de ocasiones y que en el fondo es la razón por la que todo el mundo quiere ir al menos una vez en la vida. Lo has visto, en el cine o la televisión, y sientes que tienes que visitar esa ciudad que tiene por costumbre regalar estampas casi perfectas, sea cual sea la situación en la que se vea envuelta. Ya sea por una historia dramática, una trepidante película de acción o una comedia romántica. Nueva York es como los buenos actores, eficaz, atractiva y con múltiples registros.

Rascacielos en la Quinta Avenida

No estoy seguro si en la secuencia que me enamoró aparecía primero el Empire State o el Puente de Brooklyn, pero el deseo por conocer ese lugar donde aparecían había sido desde hacía mucho, muy intenso. Quería recorrer los parques en los que era normal hacer picnics y pasar las tardes de domingo, cruzar los puentes que llevaban o salían de Manhattan, quería ver Wall Street y comprobar si las cantidad de hombres con corbata era tan alta como la de los edificios que les rodeaban, o sentirme importante por unos segundos paseando por la Quinta Avenida.

Manhattan desde Puente de Brooklyn

Con el paso de los años el deseo por conocer Nueva York no sólo fue creciendo, sino que casi que llegó a convertirse en una obsesión y ahora por fin iba a poder cumplir ese sueño y apaciguar ese ansia.

Sería el mes de mayo del año 2008 cuando, en una de las clásicas quedadas que solemos hacer, Alberto e Isabel pondrían sobre la mesa su intención: cruzar el charco e irnos a pasar una semana a la “capital del mundo”. A decir verdad ni Carolina ni yo nos lo esperábamos y nos pilló completamente de improviso. La verdad que era un órdago en toda regla y con relativamente poco tiempo para hacer todos los preparativos que suponía un viaje de esta índole, pero no tardaríamos más de un minuto en decir que sí.

La fecha propuesta era a mediados de julio, es decir, en plena temporada alta, por lo que a sólo dos meses del viaje de nuestra vida era evidente que no íbamos a encontrar ningún chollo en los vuelos de avión. Cuando nos pusimos a buscar, no tardaríamos mucho en confirmar que no sólo era así, sino que los que iban directos rondaban precios desorbitados, nada más y nada menos que unos 1200 euros, lo que hacía inviable esta opción. Así que pasaríamos al plan B que no era otro que mirar nuevos trayectos incluyendo una escala europea, aunque eso supusiera más tiempo, pero si con ello ahorrábamos pues no nos importaba.

Después de barajar entre muchas  posibilidades nos decantaríamos por hacer la escala en el aeropuerto de Ámsterdam, tanto a la ida como a la vuelta, suponiendo así un ahorro de 400 euros y quedándose el billete por unos 800 euros, algo bastante más asequible, aunque reconociendo siempre que es una barbaridad para los precios que se pueden encontrar hoy en día, con vuelos directos y haciendo las cosas con tiempo. Pero el caso es que no tardaríamos mucho en apretar el botón del ratón y confirmar que, ahora sí, nos íbamos a Nueva York.

Bandera Americana

Tras dos horas y media de vuelo a Ámsterdam, una hora y cuarto de escala en este aeropuerto en la que casi acabamos sin aliento y perdiendo el nuevo vuelo, al estar la puerta de embarque en el otro extremo del aeropuerto, y otras ocho horas de trayecto hasta el aeropuerto John F. Kennedy, por fin llegábamos a nuestro destino.

Estábamos agotados, pero todavía nos quedaría pasar los terribles controles de seguridad en los que nos tiraríamos una hora hasta que conseguimos ver estampado en nuestros pasaportes el sello de entrada a los Estados Unidos. Y es que aunque los puestos de aduanas son una barbaridad, las hordas de personas que llegan aquí son exageradas.

Efectivamente, no he mencionado el ESTA (Sistema Electrónico para la autorización de viaje) y es que por aquel entonces todavía no haría falta este, aunque sólo unos meses después entraría en vigor. Pero eso que nos quitamos.

La noche era ya cerrada cuando salimos al exterior del aeropuerto y es que eran ya como las 22:00. Allí no dudaríamos en tomar un taxi para los cuatro para llegar hasta nuestro alojamiento y es que al ser compartidos los gastos, nos pudimos dar algún que otro capricho como este.

Y contra todo pronóstico nuestra base de operaciones durante la semana que íbamos a estar en Nueva York, donde íbamos a dormir cada noche, no estaría en la isla de Manhattan, pues nos pareció mucho más interesante e infinitamente más económico, casi regalado, la opción de quedarnos en Staten Island, uno de los cinco distritos que conforman la ciudad, junto con el Bronx, Brooklyn, Queens y, la ya mencionada, Manhattan, foco de todas las visitas turísticas y donde se aloja el 90 % de turistas que van a conocerla.

El motivo de esa decisión nos vendría casi caído del cielo y es que una amiga de Alberto conocía, a su vez, a unas amistades que alquilaban su chalet durante sus vacaciones de verano, por lo que lo primero que harían sería ofrecerlo a sus conocidos a un precio más razonable que al resto. El precio por una semana suponía 380 euros, es decir, 95 euros por persona de alojamiento en Nueva York, lo que, efectivamente, parece un chiste pero no lo es.

El contra estaba claro, alojarte justo en frente de Manhattan lo que suponía el tener que ir y venir todos los días en ferry de un lado a otro, invirtiendo más tiempo en los desplazamientos, pero creo que con ese precio bien merecía la pena. Y más teniendo en cuenta que para conseguir un hotel o apartamento decente, de buena calidad y en una zona aceptable en la misma Manhattan, puede suponerte la bancarrota o no poder volver a viajar en mucho tiempo para economías medias.

Serían unos cincuenta minutos los que tardaríamos en llegar, suponiéndonos unos 70 dólares el trayecto. Eran las 23:00 cuando entrábamos por la puerta del chalet adosado que se encontraba en una calle, bastante tranquila, de Staten Island llamada Scribner Avenue. La vivienda era de dos pisos con cuatro habitaciones, salón, cocina, dos baños y un pequeño jardín exterior. Se notaba que la familia que vivía allí era limpia y ordenada porque todo estaba impecable.

Nuestra casa en Staten Island

Los próximos días nos esperaba la gran manzana y estábamos dispuestos a devorarla y, ¡vaya que si lo haríamos! pues durante nuestra semana en ella tendríamos tiempo de visitar muchos de los lugares emblemáticos que llevábamos toda la vida viendo en la televisión y en el cine, así que esta primera noche dormiríamos con un inmenso sentimiento de felicidad, pues éramos conscientes de que muchos de los sueños que traíamos, en pocas horas, se iban a hacer realidad. 

1 comentario :

  1. Preciosisimo me has inspirado muchisimo.De verdad,creo que me voy a ir cuando no haya pandemia.Gracias de verdad

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